En una muestra de supremo descaro aborigen, el apadrinado del socialismo chavecista Evo Morales declaró hace tiempo: “Yo aprendí [que] por encima de lo jurídico es lo político. Y a veces cuando algún jurista me dice: ‘Evo te estás equivocando jurídicamente, eso, lo que estás haciendo es ilegal’ Bueno, yo lo meto por más que sea ilegal. Después le digo a los abogados: ‘Si es ilegal, legalícenlo ustedes ¿Para qué han estudiado?’” (Sic).
Evo para el momento no hablaba por razonamiento propio o porque su talento le alcanzara para hacer filosofía entre esos dos monstruos que son la Política y el Derecho; contrario a ello la opinión de Morales vino inspirada por la postura frente a la Ley de sus admirados líderes continentales Hugo Chávez y Fidel Castro Ruz (+).
Particularmente en Venezuela ha sido doctrina pacífica y reiterada del régimen de Hugo Chávez y demás a lateres el establecimiento en pro de la Revolución de fines que van por encima de la Ley y por encima de los valores elementales de toda sociedad que se precie de civilizada. Pero como esta vocación es algo que produce mucho escozor entre la sociedad medianamente instruida, salvo por alguna salida de uno que otro deslenguado, el gobierno no la declara abiertamente.
Si algo tiene a su favor en esas lides la revolución bolivarera, es que cuenta con una serie de leguleyos y demás filósofos del Derecho que le sirven justamente como Evo declaró que pide que le sirvan sus “juristas”. Toda una corte de falseadores de la Ley al servicio de las intenciones torcidas del máximo líder, algunos de sus miembros dotados de tal genialidad para barnizar jurídicamente cualquier descalabro, que ilustran claramente el verbo de Bolívar cuando dijo: “La inteligencia sin probidad es un azote”. A la memoria vienen pronto esos célebres discursos de José Manuel Delgado Ocando en los que decía que la Constitución debía renovarse constantemente porque “El Derecho se pone viejo”, las salidas genialmente razonables de El Príncipe Negro, capaz de convertir un simple juicio de divorcio en un gloriosa interpretación constitucional, hasta llegar al inelegante servilismo del Tribunal Supremo de Justicia actual; Chávez ha contado siempre con alguien que le legalice sus movidas. Mencionado todo esto justamente por dejar de lado la circunstancia de que la Asamblea Nacional le fue entregada en bandeja de plata por los factores de oposición.
Dentro de estos destrozos en los que cualquier cosa puede recibir una solución jurídica y viceversa, principios políticos como el de Alternabilidad, que al ser consagrados por la Constitución Nacional pasan a ser principios jurídicos con fórceps, se convierten en un verdadero problema para el estudioso al momento de ser analizados con motivo de su vulneración. Con este tan sonado asunto de la Enmienda para la Reelección Indefinida, la mayoría de los abogados de librito se rasgan las vestiduras frente a lo que consideran “una violación al Principio de Alternabilidad consagrado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela [mesma]”. Por su parte el genio chavecista responde diciendo que, al garantizar el Estado la celebración de elecciones para cada caso y en cada oportunidad, el Principio de Alternabilidad queda intacto y puede coexistir con la Reelección Indefinida, dejando perder en el aire cualquier grito histérico de la oposición.
La gente a pesar de este último razonamiento sigue consciente de que la Reelección Indefinida es mala, pero ¿Cómo es que los oficialistas encontraron un argumento tan bueno para sustentar esta abominación? Sencillo. Así como no se usa un cañón para matar un mosquito, por lo general —con marcadas excepciones, que las hay— un principio de dinámica política no puede rebatirse ni defenderse con argumentos jurídicos, como en el caso de marras, muy a pesar de la vinculación esencial o accidental que exista entre las dos tendencias. Pero, centrándonos en la realidad venezolana, resulta natural que a cualquiera se le haga incómodo reconocer los verdaderos visos de malignidad de la Reelección Indefinida. La oposición, pendiente de ganarse a los sectores más desposeídos, evita afirmar que es un sofisma aquello de que “la voz del pueblo es la voz de Dios”, rehúye de reconocer que Chávez lleva ventaja política en cada consulta popular bajo el movimiento de su chequera y de sus programas limosneros con los que se gana el apoyo temporal de los pobres que piensan con su estómago.
A riesgo de ser calificado de hereje si lo hace, ninguno se atreve a comentar que la Reelección Indefinida es peligrosa por la simple razón de que tenemos un grueso de la población que aún goza de la residual bonanza económica petrolera y asienta sobre sus beneficios la lealtad al régimen; tampoco nadie se atreve a decir que tenemos otra parte de la población que ha permanecido cómodamente en la espera de que la alternativa a esta crisis la hagan otros, —una espera de unos ocho años—, nadie confiesa que es culpa nuestra que el gobierno se haya hecho del poder absoluto por nuestra posición conformista y desentendida de la realidad. Honestamente a la dirigencia de oposición no podría endilgársele toda la culpa por este silencio; existen posiciones que en política son en todo tiempo, inconfesables, casi tan trágicas como las confesiones prematuras de “yo también tengo aspiraciones políticas”, por lo que deben seguir el juego gobiernero del travestismo jurídico y seguir diciendo que la Reelección Indefinida es inconstitucional, ilegal, etcétera. Ojalá y en ese ínterin no nos agarre la ronda fuera de casa para febrero.
Evo para el momento no hablaba por razonamiento propio o porque su talento le alcanzara para hacer filosofía entre esos dos monstruos que son la Política y el Derecho; contrario a ello la opinión de Morales vino inspirada por la postura frente a la Ley de sus admirados líderes continentales Hugo Chávez y Fidel Castro Ruz (+).
Particularmente en Venezuela ha sido doctrina pacífica y reiterada del régimen de Hugo Chávez y demás a lateres el establecimiento en pro de la Revolución de fines que van por encima de la Ley y por encima de los valores elementales de toda sociedad que se precie de civilizada. Pero como esta vocación es algo que produce mucho escozor entre la sociedad medianamente instruida, salvo por alguna salida de uno que otro deslenguado, el gobierno no la declara abiertamente.
Si algo tiene a su favor en esas lides la revolución bolivarera, es que cuenta con una serie de leguleyos y demás filósofos del Derecho que le sirven justamente como Evo declaró que pide que le sirvan sus “juristas”. Toda una corte de falseadores de la Ley al servicio de las intenciones torcidas del máximo líder, algunos de sus miembros dotados de tal genialidad para barnizar jurídicamente cualquier descalabro, que ilustran claramente el verbo de Bolívar cuando dijo: “La inteligencia sin probidad es un azote”. A la memoria vienen pronto esos célebres discursos de José Manuel Delgado Ocando en los que decía que la Constitución debía renovarse constantemente porque “El Derecho se pone viejo”, las salidas genialmente razonables de El Príncipe Negro, capaz de convertir un simple juicio de divorcio en un gloriosa interpretación constitucional, hasta llegar al inelegante servilismo del Tribunal Supremo de Justicia actual; Chávez ha contado siempre con alguien que le legalice sus movidas. Mencionado todo esto justamente por dejar de lado la circunstancia de que la Asamblea Nacional le fue entregada en bandeja de plata por los factores de oposición.
Dentro de estos destrozos en los que cualquier cosa puede recibir una solución jurídica y viceversa, principios políticos como el de Alternabilidad, que al ser consagrados por la Constitución Nacional pasan a ser principios jurídicos con fórceps, se convierten en un verdadero problema para el estudioso al momento de ser analizados con motivo de su vulneración. Con este tan sonado asunto de la Enmienda para la Reelección Indefinida, la mayoría de los abogados de librito se rasgan las vestiduras frente a lo que consideran “una violación al Principio de Alternabilidad consagrado en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela [mesma]”. Por su parte el genio chavecista responde diciendo que, al garantizar el Estado la celebración de elecciones para cada caso y en cada oportunidad, el Principio de Alternabilidad queda intacto y puede coexistir con la Reelección Indefinida, dejando perder en el aire cualquier grito histérico de la oposición.
La gente a pesar de este último razonamiento sigue consciente de que la Reelección Indefinida es mala, pero ¿Cómo es que los oficialistas encontraron un argumento tan bueno para sustentar esta abominación? Sencillo. Así como no se usa un cañón para matar un mosquito, por lo general —con marcadas excepciones, que las hay— un principio de dinámica política no puede rebatirse ni defenderse con argumentos jurídicos, como en el caso de marras, muy a pesar de la vinculación esencial o accidental que exista entre las dos tendencias. Pero, centrándonos en la realidad venezolana, resulta natural que a cualquiera se le haga incómodo reconocer los verdaderos visos de malignidad de la Reelección Indefinida. La oposición, pendiente de ganarse a los sectores más desposeídos, evita afirmar que es un sofisma aquello de que “la voz del pueblo es la voz de Dios”, rehúye de reconocer que Chávez lleva ventaja política en cada consulta popular bajo el movimiento de su chequera y de sus programas limosneros con los que se gana el apoyo temporal de los pobres que piensan con su estómago.
A riesgo de ser calificado de hereje si lo hace, ninguno se atreve a comentar que la Reelección Indefinida es peligrosa por la simple razón de que tenemos un grueso de la población que aún goza de la residual bonanza económica petrolera y asienta sobre sus beneficios la lealtad al régimen; tampoco nadie se atreve a decir que tenemos otra parte de la población que ha permanecido cómodamente en la espera de que la alternativa a esta crisis la hagan otros, —una espera de unos ocho años—, nadie confiesa que es culpa nuestra que el gobierno se haya hecho del poder absoluto por nuestra posición conformista y desentendida de la realidad. Honestamente a la dirigencia de oposición no podría endilgársele toda la culpa por este silencio; existen posiciones que en política son en todo tiempo, inconfesables, casi tan trágicas como las confesiones prematuras de “yo también tengo aspiraciones políticas”, por lo que deben seguir el juego gobiernero del travestismo jurídico y seguir diciendo que la Reelección Indefinida es inconstitucional, ilegal, etcétera. Ojalá y en ese ínterin no nos agarre la ronda fuera de casa para febrero.



