À la une

16 de febrero de 2009

¿Y ahora?

¡Todos a Miraflores! ¡Vamos todos a exigir nuestra Semana del Amor!
(Cínico).

Redacto esta pequeña reflexión a escasos minutos de ver los resultados del Referendo Consultivo sobre la hartamente mencionada Enmienda Constitucional para la Reelección Continua de cargos de elección popular. Actualmente debo revelarme en el conflicto interno de decir que el resultado era de esperarse o de manifestar mi asombro ante el yerro político.

Apartando de momento la satisfacción por el movimiento masivo de la población a las urnas electorales, sólo me resta el desconcierto que produce el aire brumoso de una sala de totalización amañada sobre la que, naturalmente, no estuvieron puestos los ojos del estamento castrense en esta oportunidad para imponer la voluntad popular al eterno comandante.

Luego de repetir la historia del referendo revocatorio de 2004 con la inversión de las tendencias de la forma descarada en la que sólo este régimen sabe hacerlo, me queda preguntarle a los factores de oposición sobre el futuro (como buenos arepománticos que son): ¿Y ahora? ¿Qué hacer? Las encuestas a boca de urna marcaban sobre el NO de manera casi exacta el mismo porcentaje que el CNE dio oficialmente sobre el SÍ. ¿Será que las estadísticas se equivocan, Luis Vicente?

Curiosamente no es esto lo que me preocupa en este preciso momento; los dictadores, pues, serán siempre dictadores… pero los otros ¿seguirán confiando en el sistema? ¿Acaso tendré que quemarme las pupilas viendo cómo estos muchachos de la política nos piden prepararnos para las elecciones de 2012 sin saber siquiera si se van a dar? ¿Será que veo con calma nuevamente a Teodoro hablando de los pajaritos preñados que hicieron coro a los cantos de ballena en el 2006? Pero de pronto se me hace más realista la idea de montar una rueda de prensa demandándole al Presidente que cumpla con su promesa dada de declarar oficialmente abierta desde este dieciséis de febrero la Semana del Amor para olvidar penas y rencores.

Ahora con honestidad preguntémonos, querido lector… ¿Qué nos extraña? Esto era lo que podía y debía pasar. ¿Culpable es acaso el público de gradería por la esperanza puesta en la piedad del César que finalmente baja su pulgar sentenciando a muerte al gladiador? ¿Acaso olvidamos que la Reforma la ganamos porque perjudicaba tanto a los de verde que apoyados en la voz del pueblo presionaron a su propio Comandante en Jefe para no torcer los resultados de la consulta? Pero justo recordamos hoy que sus intereses no son los nuestros… y esto es tan evidente como que trajeron de vuelta al poder a un Chávez casi extinto por no poder soportar a un Oficial de Marina como su Ministro de la Defensa en el régimen tragicómico de Pedro el Breve.

Y mientras algunos aún se cuestionan ¿En qué fallé, Señor? Chávez se deleita en su grandilocuencia sobre su balcón, frente a una multitud ya acostumbrada a que su líder gane cada contienda sin mayores explicaciones y con la conciencia puesta en las monedas de la caridad gobiernera... ¿será que debimos hacerle caso en eso de administrar bien nuestra victoria de 2007?

1 de febrero de 2009

El nuevo trato oficial y las nuevas fórmulas diplomáticas

¿Le da pereza leer el artículo? ¡Escúchelo!

“Sólo se dará el trato oficial de ciudadano o ciudadana; salvo las fórmulas diplomáticas”.

Numeral cuatro del artículo 21 de la Constitución Nacional de 1999.


Probablemente sin proponérselo, Hugo Chávez con su arribo a la Presidencia de la República y mediante la gloria de su verbo encendido, hubo de provocar en los venezolanos una revolución chabacana de palabras y dicterios que, distintamente de su “revolución bolivariana”, cada día es seguida por más y más personas a lo largo del territorio y algunas vecindades.

Bajo el ánimo de confrontación, las fórmulas empleadas para referirse a uno u otro bando en boca del mandatario manifiestan una gran panoplia de denuestos para el opositor, así como de términos lisonjeros y adulantes para el seguidor.

Pero aunque es cosa que debería ser exclusiva de alguien con la extravagancia cultural de un militar de rango medio y de origen humilde, su particular modo de expresarse se ha extendido curiosamente a propios y extraños de la vida pública que, estando seguros de la popularidad de este nivel de comunicación, imitan fielmente al líder al momento de dirigirse al colectivo vía palabra hablada o palabra escrita.

En el ambiente post-guapachoso de 2001, cuando empezaban muchos a manifestar el descontento por un régimen que les engañó cual seductor veterano, y acostumbrados ya a las inelegancias verbales del Presidente —como aquella del 14 de febrero de 2000 (¡Esta noche te doy lo tuyo!)—, a los prematuros marchistas les cayó el leve rocío corporal de ser calificados de “escuálidos”, lo que se convertiría en una especie de sello indeleble durante los años que siguieron a la crisis política.

De ahí el resto es Historia. Cada ocurrencia de uno u otro bando en materia de insultos es asumida con humor y complacencia por buena parte de la población; a “escuálido” le salió en contrapartida el peyorativo “chavista” (lo correcto es chavecista), los grupos empezaron a llamarse “hordas” o “marchitas”, pasando por miles de ejemplos como el de “oligarcas” y “boliburgueses”, hasta llegar a los más modernos como “pitiyanqui”, “pitiyanquito” y “piticubanito”. Todo esto traído a colación por no citar los calificativos folclóricos que al punto guarda siempre el Presidente para con sus homólogos a nivel mundial, dependiendo de su simpatía, y tanto menos de las innumerables palabras que le adjudican alegremente a Chávez los “jalabolas” y los “vendepatria”, los “cachorros del imperio” y los “chulos del bolivarianismo”. Por un lado, unos le apuntan el término de “Comandante”, otros el título de “Líder Continental”, y los más serviles le ubican cercano a una antigua deidad solar. Por otra parte, por su efigie y personalidad simiesca, los miembros de la oposición califican a Chávez de “Macaco”, “Mico”, “Gorila”, etcétera, además de “Orate”, “Loco”, “Chacumbele”, “Miloquevic”, y muchos otros remoquetes que, por conservar el decoro en esta reflexión, no me permitiré indicar. A este tiempo debo confesar que incluso yo me doy la libertad a veces de llamarlo “Mi Comediante”, no sin un dejo de cariño, en franco sucumbir ante la tentación de mi pluma imprudente.

Lo descrito anteriormente sólo intenta destacar uno de los varios indicativos del nivel al cual se ha rebajado el debate político en Venezuela, reducido en muchos casos a las animosidades viscerales de oficialistas y opositores y muy visto con asombro en disertaciones recientes. La pérdida del respeto por la propia y ajena personalidad conduce poco a poco a las manifestaciones de odio que tienen por culmen actos bochornosos como el ataque a la Sinagoga de Maripérez, y aún más allá, pero no muy lejos, a la guerra civil. Por fortuna de momento este irrespeto se filtra bien en el tradicional carácter humorístico e irreverente del venezolano común.

No obstante esta aseveración, necesario es verse prevenido de que, ante el abuso de insultos, poco a poco se nos puede ir empujando a una irremediable confrontación por aquellos que detentan el poder y a los que la ira les dicta las palabras: esos peligrosos hombres de los que uno no se puede reír.

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MORALES-LOAIZA, Alejandro. Título de la publicación. Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza. Año. [En línea]. Puesto en línea el (fecha de publicación). URL: http://alejandromoralesloaiza.blogspot.com/..../ Consultado el (fecha de consulta).

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