À la une

31 de julio de 2009

Una fiscal de ovarios cuadrados

En Venezuela acostumbra decirse de alguien que “tiene las bolas cuadradas”, cuando tiene muchos bríos respecto de algo, o bien cuando en defensa de una falsedad o alguna cuestión deleznable, demuestra un terco cinismo.

La Fiscal General de la República Bolivariana de Venezuela, Dra. Luisa Ortega Díaz, luciendo gala de un fiel apego a la conducta arriba descrita, —no por brío como por descaro—, asombra a propios y extraños con su “humilde propuesta” para la aprobación de una Ley sobre Delitos Mediáticos. Tamaña lambucería sólo se ha visto en aquellos que matan a su madre por un plato de comida.

Resulta posible acomodarle el taco a la actuación de la Fiscal, porque de preciso se entiende que la Dra. Ortega procede por la meretricia complacencia de brindarle al gobierno otra arma legal con la cual perseguir y someter a los que expresen públicamente su descontento con la situación del país, incluyendo a los que objetivamente hagan reseña de la incapacidad del régimen para paliar la multifactorial crisis que vivimos. Bajo figuras abstractas que refieren a “la seguridad de la nación”, a “la seguridad de los ciudadanos”, a los “intereses del pueblo”, y todas esas patrañas de las que se sirven para hacer ver a la Revolución Bolivariana como máxima intérprete de la voluntad popular, la Fiscal pone en manos de la Asamblea Nacional (otro lupanar burlesco), las bases de un cuerpo normativo que permita ponerle los ganchos a cualquiera que exprese en prensa, radio o televisión una verdad incómoda al ojo gobiernero, todo dentro de la mayor discrecionalidad y sin mayor limitante que la que se desprenda de la mente del Presidente de la República.

Pero esto obviamente no configura todo el descaro, ni termina de encuadrarle las gónadas a la Fiscal; lo que llama a absoluta indignación es ver cómo en Venezuela todos los fines de semana hay más asesinatos que en el Medio Oriente, producto de la inseguridad que amenaza con llevarnos a la anarquía, y al mismo tiempo tener que soportar que esta señora se muestre preocupada por la seguridad de la nación frente a unos malamente pensados delitos mediáticos. Pudiera ser que para el enrevesado ideario de la Dra. Ortega representan mayor peligro las palabras de un periodista a las balas asesinas de la delincuencia desatada; pensando en ello pronto recordamos que la impudicia verbal de estos funcionarios alcanza para declarar que la inseguridad en Venezuela no es otra cosa que una “matriz de opinión creada por los medios de comunicación social con fines desestabilizadores”.

Quizá la Fiscal tampoco vea tan grave el hecho de que cientos de venezolanos sufran todas las semanas por la miseria en la que viven, comparado con la circunstancia de que verdaderamente se enteren por los medios de que están padeciendo por la comodidad y el desentendimiento del gobierno nacional, lento para solucionar las necesidades de la población, pero rápido en fulminar a los que se quejen. ¡Porque morir de mengua y quejarse es contrarrevolucionario! ¡Sí señor!

De momento se espera la sanción de la Ley sobre Delitos Mediáticos para opinar pormenorizadamente sobre los descalabros de este nuevo “instrumento de represión”, como un mero ejercicio de abogadil entretenimiento durante las vacaciones judiciales. Desde ya se asume que con la publicación de la criatura en Gaceta Oficial comenzará el desfile de recursos por los ante los tribunales del foro e instancias internacionales, en lo que será otro intento estéril de que en la República impere una voluntad distinta de la que impone Hugo Chávez.

30 de julio de 2009

La Protesta de Comparsa

El derecho a protestar nace con la condición humana. Bástese con nacer, y nacer vivo, para que con los primeros hálitos del ser natural se manifieste cualquier queja o disconformidad con algo que instintivamente se determine como atentatorio de la propia integridad física. Siendo de inicio una expresión semiconsciente —por veces manipuladora—, de las necesidades de alimentación y de la rudimentaria percepción del entorno, el neonato llora con toda su capacidad pulmonar por ser ésta la única forma de comunicación que conoce bajo inspiración del instinto.

La inteligencia a lo largo de la Historia ha conducido al Hombre a idear diversos mecanismos de comunicación en la medida que su avance le plantea nuevos retos y necesidades. Visto así, luego es posible afirmar que desde las pinturas rupestres de la Prehistoria hasta la controversial, pero muy útil Internet de tiempos contemporáneos, se circunscriben al mismo proceso de causa y efecto.

Conforme crece y toma conocimiento de las diversas formas de comunicarse, el ser humano aprende a hacer uso de las mismas en la expresión de su voluntad y pensamiento, dentro del divino don que configura la razón y movido por la necesidad de entenderse con sus semejantes. Acá justo se hace mencionar que como los primeros humanos vieron mayor facilidad en golpear y enfrentarse que en comunicar y entenderse —por diferenciación cultural e idiomática en la mayoría de los casos—, el saldo histórico de lidiar con las diferencias fue ampliamente sangriento, por lo que poco a poco se fue acordando la proscripción universal de la violencia.

La voluntad de protestar, como uno de los elementos determinativos de la necesidad de comunicación, toma diversas manifestaciones conforme a sus circunstancias y al fin que persigue. Por el recién surgido desdén a toda exhibición de violencia en el manejo de nuestras ideas y discrepancias, nos hemos visto en la obligación de pensar y repensar las alternativas a nuestro alcance para ser tomados en cuenta sin hacer uso de la brutalidad.

De manera lamentable, cuando se pierde la noción de la acción de protesta, se pierde proporcionalmente su eficacia. Por la excesiva huida a los arrebatos primitivos, llegamos a sacrificar pasión y seriedad en nuestros actos, dejándonos relegados a unos meros fantoches circenses.

Toda esta retórica viene en franco comentario de lo que sucede en Venezuela con la “protesta de calle” y otros intríngulis de la razonada oposición al gobierno de Hugo Chávez, internacionalmente avasallador y canallesco. Bajo la filosofía del que juzga por su condición, el gobierno venezolano apunta conspiraciones y focos violentos en derredor como una descarada justificación del uso legítimo de la violencia para mantener a raya a quienes disienten públicamente de su vocación tiránica.

Producto de esta estrategia tropical, que tuvo su allegro en los hechos del once de abril de 2002, la presencia en las calles ha ido degenerando en una conducta que hemos dado en llamar “protesta de comparsa”, porque el nombre de “lucha no-violenta”, tristemente le queda grande.

Lo mismo que un reclamo airado, pero serio, sobre la garantía en la reparación de un vehículo que salió defectuoso del taller mecánico, debería ser la protesta política en nuestros días, máxime en un país como el nuestro, donde la justificación a ser jodido se encuentra en el tradicional “te vieron cara de pendejo”.

Pero evitar verse pendejo es algo que riñe con el glamour y las comodidades a las que estamos acostumbrados. Para algunos se piensa imposible salir de casa sin el móvil y con las greñas sin alisar; tampoco es posible dejar en casa la gorrita, los lentes oscuros, el bloqueador solar, los zapatos de goma, las bermuditas, las cadenas y el perfume. Muchos piensan que es buen ejercicio ir a marchar para así no tener que ir al gimnasio. Los que menos, piensan que irán a encontrarse con gente conocida y a “pasar un rato diferente”, quizá aliviados por librarse del gasto en salir a comer con la familia, ahora que todo está tan caro.

Tampoco es extraño ver gente orgullosa de sus pancartas y banderas, hechas con dedicación maternal la noche anterior, — ¿Viste lo linda que me quedó? ¡Seguro los de la prensa le van a tomar muchas fotos o sale en la noche por televisión!— Y en efecto así pasa porque los medios son bien entendidos en eso de hacer espectáculo.

Sucede que de un tiempo hasta ahora marchar en las calles no es cool. Las concentraciones tienen cada vez menor cantidad de participantes, dejando a los más dramáticos y creativos encargados de la protesta, a la que incluyen muñecos, saltimbanquis, burros, plastas y cualquier cosa que mueva a curiosidad o risa.

En la pérdida de seriedad se nos va el país. Por eso no insistimos en escribir sobre los hits noticiosos del momento, porque tenemos la seguridad de que pasarán sin pena ni gloria si el pueblo no reacciona, y así entendemos que es difícil tomar consciencia de la magnitud de la amistad de Chávez con cuerpos terroristas a nivel mundial, su odiosa injerencia en otros países y su constante amenaza de una guerra en Sudamérica, mientras existan “otras cosas más importantes de las cuales encargarse”.

26 de julio de 2009

Bajo la Ley del Oeste

Luego de comer y pagar en uno de los miles de puestos ambulantes de comida repartidos por la ciudad, el hombre se dirige a su vehículo para emprender el retorno a casa, en la que seguramente su esposa y sus hijos le esperan. Al acercarse al carro descubre que otro mal estacionado le dificulta la salida. Un poco incómodo, pero entendiendo que esos obstáculos son cosa común en esos ventorrillos —y más en su ciudad, donde la gente maneja tan mal—, decide regresar al lugar donde otros cenan para pedir muy respetuosamente la liberación del auto. Dirige una súplica seria y formal al grupo de comensales y obtiene por respuesta un irritante silencio; procura calmarse y medita sobre la posible distracción del dueño del obstáculo, quizá concentrado sobre su comida, por lo que insiste con un segundo llamado, tanto más enérgico, al que le sucede la misma respuesta anterior. Con la paciencia colmada intenta hacerse notar por vez tercera, siendo su voz interrumpida por un “¡MIJO! ¿HASTA CUÁNDO JODÉIS? AHÍ PODÉIS SALIR FÁCIL, DEJALO COMER EN PAZ A UNO”.

El hombre no oculta su sorpresa ante ese ataque, pero se muestra inteligente guardando silencio y haciendo caso de la “sugerencia” de la voz anónima que le martillaba desde el grupo de personas y a la que hacían coro algunas risotadas. Se introduce en el vehículo, lo enciende, maniobra con maestría y poco a poco, cual si se tratare de una operación quirúrgica, logra sacar el carro y colocarlo en posición segura. De cierto la gente ya comentaba con mala gana lo que hubiese podido quedar en un altercado común, cuando vieron venir al hombre del carro en dirección a ellos, le vieron sacar una pistola y disparar en todas direcciones. Dos personas murieron, y muy probablemente el de la voz anónima, aunque aterrado, salvó la vida.

Situaciones como la descrita se repiten diariamente en Maracaibo y otros lugares de Venezuela, con el asombro y la indignación que produce ver estos episodios en plena vigencia de un programa nacional de desarme. Si bien los casos más dramáticos terminan a tiros, de común se ve a la gente solucionar sus problemas a golpes, a botellazos o a insultos, todo dependiendo de l momento y la voluntad de cada cual, algunas veces por situaciones verdaderamente insignificantes. Pasar cerca de otro vehículo es cosa suficiente para recibir un puñetazo si no se tiene a la mano una cabilla o un tubo con los cuales defenderse.

En la usual contemplación de estas muestras de resentimiento social e intolerancia, la mayoría va con temor de reclamar algún derecho o exigir algún desagravio a otros porque simplemente no saben cuál será la disposición de éstos de aceptar su falta o de responder con ira. De esa manera los ciudadanos viven con el miedo de atravesarse en el camino de alguien conectado con el gobierno o con alguna mafia local, sin hablar de algunas castas indígenas que hacen también su agosto en eso de cobrar favores y satisfacciones. Por esto último no se hace extraño oír exclamaciones como: ¡No te metáis con ese, ve que es guajiro!, y ver a los más avezados poner detalles nativos a sus coches para evitar que los roben o les hagan daño, justamente porque hasta a los delincuentes comunes se les hace fastidioso tener que lidiar con algunas tribus autóctonas.

Esta convivencia con funcionarios corruptos, instituciones incompetentes, crimen organizado, mafias salvajes y, aún peor, la cercanía del paramilitarismo y la guerrilla —apoyada descaradamente por el gobierno bolivariano—, hace que los zulianos tengamos ya por costumbre salir a la calle con recelo y pavor de nosotros mismos, combinado con el desdén que desemboca en un odio peligrosamente contagioso, más la letárgica existencia que nos da el ir embebidos en nuestros propios problemas, que con desvergüenza ponemos por encima de los demás, completando así el círculo vicioso de la Ley del Oeste.

15 de julio de 2009

Cuestión de costumbre

¿Le da pereza leer el artículo? ¡Escúchelo!

“No cabe duda que es verdad que la costumbre
es más fuerte que el amor”.
(Juan Gabriel).

Desde que Hugo Chávez ocupa la silla presidencial en Venezuela hace poco más de diez años, algunos actores y dirigentes políticos de oposición con cansina terquedad van repitiendo aquella frase de Simón Bolívar que diera en su discurso ante el Congreso de Angostura el 15 de febrero de 1819 y que reza: “...nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerlo y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”.

Estas palabras lapidarias —sí, porque deberían aparecer en la tumba de todos los culpables directos e indirectos de esta catástrofe política que vivimos—, representaron en su época la esperanza del movimiento opositor de producir al menos una pequeña afectación en la voluntad y verbo del caudillo venezolano, por la desnudez en la que deja a su gobierno y con un eco especial a los que pretendieron imitarle a su vez en América Latina. Chávez hizo rápido uso de su más elocuente cinismo al afirmar que la frase no se ajustaba al contexto actual puesto que “acá hay un pueblo mandando y un hombre obedeciendo, que soy yo” ¡No contaban con su astucia!

De cierto decimos que aunque muchos se asombraron, luego no fueron capaces de ver con los mismos ojos la famosa frase de Bolívar. Y es que, para que tuviese suficiente efectividad y no restaran dudas de que lo que se vive actualmente no es más que una seudo dictadura absolutista, el Libertador ha debido hacer de adivino y dar nombres, apellidos, fechas y detalles de lo que sucedería casi dos siglos después de su célebre discurso. Así y sólo así, en el vigente fraseo lúdico el gobierno no hubiese tenido escapatoria. Logró el presidente con su sencilla y desvergonzada respuesta programarnos una situación que se nos hace casi vocacional en nuestros días: Hugo Chávez es el máximo intérprete de la voluntad popular; cualquier cosa que él haga o diga, es por el bien del pueblo, ¡no por caprichos originados en el resentimiento y el egocentrismo!

Pero el chiste se pone bueno si se cae en cuenta de que en nuestro país las frases son lanzadas pero nunca recogidas. Si nuestros analistas hubiesen vinculado de inicio la frase histórica de Bolívar con la escapada cínica de Chávez, probablemente estuviesen arribando a conclusiones muy interesantes. Hubiesen visto, por ejemplo, que no es tan peligrosa la costumbre de un hombre a mandar a un pueblo como la costumbre de este último a, no tanto a obedecerlo o a seguirlo, sino a tenerlo simple y llanamente en el poder sin importarle un bledo lo que haga o deshaga en sus funciones y por tiempo indeterminado. Ahora falta que alguien se atreva a contradecirnos en la afirmación de que todos los venezolanos desde 1999 nos despertamos y nos acostamos con Chávez.

Paralelo a esta especie de vida marital forzada, debemos lidiar con la multiplicidad de problemas que plagan nuestra existencia cotidiana, una lidia que nos hace próximos a olvidar cualquier otra cosa que no sea la satisfacción de nuestras necesidades primarias y que nos conduce a desdeñar cualquier habladuría de paja que nos haga perder el tiempo. Es en los intersticios de nuestras actividades diarias que procedemos a una queja, como un lamento, más por costumbre que por cosa seria, de lo que vemos en televisión y de lo que frecuentemente somos víctimas. La queja queda en el aire y la vida continúa.

Así, poco a poco nos hemos ido acostumbrando a vivir con Chávez, a hablar de Chávez, a sentir con él y a vibrar en sus delirios revolucionarios. Vibramos con él, porque él y su gente dictan las pautas de nuestras protestas; nos dan motivos para estar cansados, molestos, indignados, incómodos… ¡arrechos, pues! Pero la arrechera se nos pasa rápido porque tenemos que dedicarnos a sobrevivir y a hacer lo que el venezolano sabe hacer mejor: convertir en chistes sus desgracias.

13 de julio de 2009

¿Inteligencia Social?

Dentro de las grandes máculas que tienen lugar actualmente en Venezuela y que por seguro quedarán guardadas durante largos años en la vida de la República, conservo especial inquina a esa odiosa tendencia que hace de toda actividad formal un paralelismo oficial de superchería con flamante excusa socialista.

Esta práctica de totalitarismo tercermundista, cuyas aristas alcanzan para librar la inversión millonaria en las temporales y razonablemente ineficaces misiones médicas y educativas, con el respectivo desmedro en la construcción de escuelas y hospitales decentes, tiene una curiosa manifestación que hoy parte de la reforma al Código Orgánico Procesal Penal y que el saltimbanqui diputado Mario Isea da en llamar “Inteligencia Social”.

Ante la probabilidad de que algún teórico bolivarero pretenda atiborrarnos de cualquier parafernalia ideológica que busque relacionar “Inteligencia Social” con “Inteligencia Emocional”, refiriendo por demás el término a “las dinámicas que involucran el desarrollo colectivo del ser humano en armonía con su entorno”, importante resulta el clarificar el contexto de lo expresado por el diputado en una entrevista que escuchásemos por radio la tarde de hoy.

En la costumbre que lleva a muchos de los tragicómicos personajes del oficialismo a denunciar a voz en cuello supuestos planes y conspiraciones para asesinarlos (cual si se perdiese mucho si así sucediese), Mario Isea toma oportunidad de expresar en su entrevista que “gracias a muchos amigos que están bien enterados de todo y que le mantienen siempre informado —la Inteligencia Social—, él pudo descubrir una enrevesada trama que busca su muerte y de la que conoce bien a sus principales autores, contra los que procederá penalmente”. Visto así, pronto se adivina que este zuliano, conocido en los predios faranduleros como “El Inspector Ardilla”, asocia el término de “Inteligencia Social”, con esa parcela populachera de lo que formalmente es conocido como “Servicio de Inteligencia”, que el DRAE define como “organización secreta de un Estado para dirigir y organizar el espionaje y el contraespionaje”. Atrás queda, pues, toda confusión con otros conceptos alambicados y anacrónicos.

Es entonces cuando salta a la vista la utilidad política del término que sirve de título a la presente reflexión, y que viene como anillo al dedo al escenario venezolano, de cuyo gobierno se padecen las persecuciones en derredor por las fantasías de presuntos planes desestabilizadores cuyos orígenes convergen en la manía persecutoria del propio presidente Hugo Chávez. Esto a los ojos de la Revolución justifica que, además de piratear bachilleres, médicos, ministros, policías, periodistas y otros títulos, en nuestro país se piratee la función de espía. En otras palabras, lo mismo que por fuerza de la magia roja pasa un burro a ser profesional en tiempo récord, ahora y por virtud legal, en este lugar extraño los chismosos serán transformados en agentes especiales de investigación.

Quizá en un tiempo no muy lejano podremos ver cómo las putas de calle serán convertidas en “matajaris” criollas, todo por cuenta de la Revolución Socialista Bolivariana.

7 de julio de 2009

Un cambio de estrategia a falta de un cambio de piezas

Hoy a las tres de la tarde se cumplieron cien horas de la huelga de hambre declarada por el expropiado Alcalde Metropolitano Antonio Ledezma frente a la sede de la OEA en Caracas. Entre los opinadores de oficio las letras se van entre el llanto por el líder y la exhortación a desistir.

En ese tiempo, y luego de haber visto un par de artículos, recibido ochocientos correos invitando a solidarizarse con el alcalde y escuchar uno que otro comentario, mi posición frente a la protesta ha ido degenerando de admiración en lástima y de lástima en desgano.

Particularmente se me da el pensamiento de que Ledezma y la oposición vienen desarrollando métodos de protesta inútiles que serían altamente efectivos si tuviesen lugar dentro de un sistema democrático. Lo mismo sería decir de alguien que juega muy bien al dominó que si no le cambian las piezas le será imposible ganar alguna partida.

Cuando el alcalde inició su huelga me preguntaba si terminaría consumiéndose en su propia reclamación al igual que sucedió con Mohamed Merhi, quien sucumbió ante el “gas del bueno” durante su protesta solitaria frente a un indiferente Tribunal Supremo de Justicia. Al expresarles mi pensamiento, muchos de los inocentes con los que debo lidiar a diario saltaron chillando cual si fuere una cosa muy obvia: ¡Ledezma protesta ante la OEA! ¡La OEA no lo dejará morir de hambre!

Esto hizo que tornara por momentos sobre mí la reflexión de que todos los problemas que padecen hoy los venezolanos tienen su origen en la mala memoria. Si al menos quienes me discuten recordasen que la OEA ha sido la tradicional aliada del oprobioso régimen de Hugo Chávez y que hoy éste la tiene por arma personal de presión internacional, coincidirían conmigo en que Ledezma, quien al menos merece respeto por sus ganas, lograría más con una estrategia menos estática.

Y es que, posterior al trauma de los muertos del 11 de abril de 2002, que hace que le huyamos tanto a todo lo que tenga un tufillo de violencia, nos hemos quedado estancados en expresiones lastimeras que inspiran compasión o risa antes que la seria contemplación de nuestras desgracias como algo verdaderamente alarmante. Con semanas de planificación (dando tiempo suficiente al gobierno para que nos cerque y amedrente), salimos a bailar y a cantar en nuestras marchas, cómoda y limpiamente vestidos, agitando banderas compradas a precio de oro, llegando a una tarima donde usualmente está un pendejo* hablando bolserías, para retornar al fin de la jornada al dulce descanso en nuestras casas y exclamar ¡Qué buena estuvo la marcha!

Para mayor inri la tecnología hace lo propio en la profundización de nuestra comodidad y consecuente estatismo; las acciones que ayer se comunicaban con cacerolas o con cohetazos ahora tienen su reflejo en los teléfonos de última generación, manifestado en el intento irresponsable de líderes y organizadores de complementar su incapacidad de convocatoria con mensajitos de texto y correos electrónicos, lo que hace que uno se quede por fuera en la participación de alguna actividad si no tiene un BlackBerry.

Para las piezas del dominó con las que actualmente jugamos hace falta otra visión de protesta, una visión sencilla como la que nos conduce a armar un escándalo estando en ropas de casa y sandalias ante las triquiñuelas del bodeguero o ante el mal servicio en algún lugar; la misma visión que hace que defendamos lo nuestro con palos y piedras. Quizá haga falta que alguien nos indique dónde está verdaderamente lo nuestro para defenderlo con igual saña.

Nota: De importancia capital está el reconocer que la huelga de Ledezma ha servido muy bien como decorado a las transmisiones de ruedas de prensa de los tradicionales líderes políticos de mota y panqué, esos que vemos finamente trajeados diciendo a los huelguistas “¡Estoy con ustedes!”, pero que toman las de Villadiego apenas se van las cámaras para ir a almorzar al Lee Hamilton.

*Sin alusiones personales, Dr. Insulza; esas confianzas las dejo para sus amigos.

Cómo citar los artículos

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MORALES-LOAIZA, Alejandro. Título de la publicación. Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza. Año. [En línea]. Puesto en línea el (fecha de publicación). URL: http://alejandromoralesloaiza.blogspot.com/..../ Consultado el (fecha de consulta).

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En el Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza, se ha puesto especial cuidado en cambiar el formato de su contenido de alineación justificada a alineación izquierda. De este modo, las personas con discapacidad podrán apreciar más cómodamente los diferentes artículos y reflexiones.