À la une

30 de agosto de 2009

Más de lo mismo...

“Locura: hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes”.

Albert Einstein

Cada día, al sentarme frente al ordenador, reviso con cuidado todas y cada una de las noticias de la Red que tienen que ver con esta realidad mágica que se vive en Venezuela bajo el gobierno de Hugo Chávez. A estas alturas he perdido la cuenta de las reflexiones que inicio nombrándole y me pregunto si no habré caído en esa pauta cansina que a todos dicta su extravagante proceder y el de quienes le siguen. A veces siento hartazgo de pensar que quizá me encuentre en la vergonzosa expectativa por la aparición de un escándalo político o social que transforme nuestro desgano en… algo más serio.

Se percibe en cada reportaje la sucesión odiosa de acciones y reacciones que hace que la gente pierda la noción del tiempo y su capacidad de asombro; a la mayoría todo le viene igual porque nada afecta directamente a su presente perfecto. Las jornadas pasan tan rápido, que un mes se va en un suspiro dentro del febril letargo que el período vacacional deja en el pueblo. Todo esto lo aprovecha el Supremo Líder para hacer y deshacer a su gusto en la República, a manera del anfitrión de orgías en la casa paterna.

La decadencia de Chávez y su gobierno podemos asumirla como un hecho cierto de innegable existencia, pero la increíble facilidad con la que ha logrado sortear sus problemas durante diez años, aunado a nuestra invariabilidad de conducta, llevan a reflexionar sobre el tiempo y las vidas que tomará alcanzar su permanente salida de la existencia de los venezolanos.

No obstante el fastidio por repetición de trama, existen escenas que entretienen; en esa aspiración intrínseca de que la solución al problema venga de fuera, muchos se conforman con celebrar la retórica con la que se da de puntapiés al mandatario venezolano cada vez que se le ocurre asomar la lengua en el exterior, quizá dejando de lado el razonamiento sobre la cruel circunstancia de que este señor representa al país —Para los que no se sientan representados, confórmense con saber que el hecho de que Chávez siga en el puesto demuestra nuestra incapacidad para librarnos del personaje en estos diez años de llevar leña, así que más vale pensárselo dos veces antes de soltar risitas frente a las recientes ironías de Galán García o las pretéritas Reales Llamadas a Silencio—.

Produce desconcierto la regla repetida de que con las nuevas humoradas, detenciones, sollozos, marchas, lamentos y discursos, atrás vayan quedando episodios similares que ya nadie cuestiona; los más avezados atreven a hacer la ilusión de que estos errores irán acumulándose en el haber del gobierno para terminar conspirando en su contra. Pero lo cierto es que todo pasa y aunque nos repugna, aún contamos con suficientes diversiones para hacernos de la vista gorda; otros habrán de recurrir a la vieja excusa de “si no trabajo, no como”. (A Dios pongo por testigo de no querer escribir en esta oportunidad sobre los que se entretienen convocando rebeliones por Twitter y Facebook).

Puede que este fenómeno sea una respuesta a aquellos que ruegan por que el tiempo pase rápido para que llegue el turno de hacer su voluntad, lo mismo que sería reconocer que el pueblo es clientelista, atrasado e ignorante. Pero todo esto que expongo no es más que… más de lo mismo…

17 de agosto de 2009

Pacífico; no pendejo

“Fortiter in re, suaviter in modo”.


«En términos prácticos, al joven venezolano le recomiendo (…) que ame la paz, pero también que sea severo. En un momento de reto, hay que darle la cara al sol y, si hay que dar una bofetada, darla. Recoger después al enemigo, pero, si es necesario, tumbar primero al enemigo y luego se le recoge. Las verdaderas batallas no son violentas; las verdaderas batallas son las que uno da en su propio corazón. El gran físico Pascal dijo una vez: “el corazón tiene razones, que la misma razón no conoce”. De manera pues, ya así sintetizo yo mi filosofía».


Humberto Fernández Morán, 1973.*


La educación impartida por mis padres, lo mismo la instrucción cívica continuada hasta mis estudios universitarios, hicieron de mí un hombre pacífico; la guía sin descanso de mis maestros me enseñó a solucionar los problemas de la vida cotidiana con el uso del verbo y no de las manos, no tengo cicatrices que reflejen el coraje o la valentía de luchas pasadas y prefiero demostrar admiración pública por las gentes de actitud sosegada.

Mi desdén por toda confrontación irracional se evidencia en muchos de mis escritos; sufro claramente el hecho de que en mi ciudad las relaciones pacíficas no constituyan la regla. —En algunos lugares pedir algo de urbanidad es cosa herética, por lo que si se sale ileso ante cualquier desencuentro, definitivamente se cuenta con mucha suerte—.

De estas meditaciones recuerdo que Venezuela vive un conflicto; por un lado, ciudadanos levantan sus manos con ademanes martiriales en su manifestación pacífica de un descontento generalizado por diez años de miseria y represión; por el otro, un gobierno que injuria y golpea, mientras que toma para sí el título de pacífico. Su vara la estrella con saña sobre la espalda de un pueblo cómodo; se mofa de quien llora y proscribe al que protesta. Su estrategia es altamente eficaz; en el ansia de no comprometerse demasiado por nada, todos le huyen al señalamiento de golpismo, —tampoco nadie quiere sufrir la misma suerte de los que fueron encarcelados y olvidados—.

En lo que puede ser la burla más agraviante para los ciudadanos de cualquier país, el gobierno venezolano recurre de seguido a artimañas electorales que permiten cubrir su autoritarismo con un velo democrático. A veces adrede, a veces porque la trampa queda corta y sus seguidores no tuvieron la suficiente diligencia, el gobierno permite que algunas plazas políticas queden en manos de la oposición, lo que garantiza que la dirigencia de esta última se concentre en fines electoreros y en el cuidado de ciertas cuotas de poder, al tiempo que al pueblo le pintan la esperanza de un triunfo electoral sobre un gobierno que no cree en la democracia. Buena parte de esta cúpula acostumbra a rechazar olímpicamente cualquier manifestación que tenga algún viso de conmoción, quizá dentro del temor de que algún levantamiento barra también con ellos en la eventualidad. “No podemos caer en la provocación” —acostumbran exclamar— “No vamos a darle el gusto al gobierno”. Puede que no haga falta mencionar la suprema conveniencia que reporta al gobierno la pasividad de un pueblo que se lamenta y queja por todo, pero que finalmente acepta lo que se le imponga.

Por este mal empleo de las vocaciones pacifistas se arriba irremisiblemente a la falta de seriedad. Toda pasión bien entendida debe asumir la realidad que le circunda, y en este caso la realidad determina que el uso aislado del razonamiento bienintencionado, lamentablemente no basta para solucionar el problema. La comprensión de esta particularidad nos hace conscientes del ridículo que resulta la vinculación torcida del pacifismo con las manifestaciones plañideras que solo buscan inspirar lástima. La lástima, como dijese Balzac, es el sentimiento que más difícilmente soporta el hombre, sobre todo cuando la merece.

En la vida de todo ser humano, muchas serán las veces en las que, tras alguna contienda, su condición será merecedora de la más profunda piedad. Por lo intolerable que nos resulta este sentimiento, muchos estaremos dispuestos a decir que soportamos dolores y vergüenzas por motivos elevados, para evitar males mayores quizá, intentando librarnos de esa línea que hace que el lamento sea lamento y la dignidad, determinación.

Aquel que cree firmemente en la protesta no-violenta, como la ideó Ghandi, no vocifera el dolor de un golpe que recién recibe; permanece firme esperando el próximo, y mientras enmudece piensa el modo de librar su lucha con mayor pasión, con mayor fuerza. Cifraré mis esperanzas en que los venezolanos caigan en cuenta, más pronto que tarde, de que Hugo Chávez no es inglés.

*Tomado de HERNÁNDEZ FONSECA, Juan Pablo y VALBUENA, Henry. Humberto Fernández-Morán. Un científico marabino de la talla de un diamante. Maracaibo. Ediciones del VAC-LUZ. 2008. p 67-69. Citado por GONZÁLEZ FUENMAYOR, Mervy Enrique en La Nota Corta: El Doctor Humberto Fernández Morán se dirige a la juventud venezolana. Segunda Parte. [En línea]. SPE/SPI. 2009. Disponible en http://inemegf.blogspot.com/2009/08/la-nota-corta-el-doctor-humberto_05.html
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12 de agosto de 2009

El olvidado 350

“El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”.
(Artículo 350 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela).

El artículo que sirve de preámbulo a la presente reflexión, constituye una de las normas de su rango más controversiales de la historia venezolana. Desde sus orígenes en la Asamblea Nacional Constituyente, de su texto fue asumida la intención oculta de salvaguardar al naciente régimen chavecista de algún intento de derrocarlo: el 350 se erigiría como la justificación de una eventual rebelión del pueblo en defensa del gobierno y contra cualquier intención “golpista”. Era natural pensarlo de este modo si se atendía a la enorme popularidad con la que contaba Hugo Chávez para ese entonces, producto en parte de su promoción y apoyo en los medios de comunicación social.

Diez años después de la histeria Constituyente, dentro del retraso que ha significado para la República la Revolución Bolivariana, entre sus múltiples detractores se ha visto exponer con necedad una “urgente aplicación del artículo 350”, como una excusa simplista para la toma de calles y en otro intento de atacar al sistema con su propio armamento jurídico, un armamento que el gobierno ha querido adaptar y reinterpretar conforme sus necesidades políticas en todo este tiempo.

En cuanto al derecho a protestar, a cuyas manifestaciones pertenece el desconocimiento a que hace referencia el 350, debe afirmarse que su fuerza radica en la pura y simple condición humana, muy pronta a la expresión de cualquier disconformidad. Por ello debe considerarse como absolutamente injustificable la existencia de regulaciones normativas que vayan más allá del reconocimiento a la protesta como cuestión intrínseca de cada cual. Bajo esta consideración, el artículo en análisis se reduce a un retórico intento de conducir la concepción tradicional de la soberanía popular a la personificación del pueblo como ente justiciero. “La voz del pueblo es la voz de Dios”, constituye el anacronismo más célebre del siglo XXI: los pueblos se equivocan, y por lo general pagan caro sus equivocaciones.

Aún partiendo del supuesto de existencia de una mayoría unificada de ciudadanos descontentos con el gobierno de Hugo Chávez, la invocación del artículo 350 seguiría siendo una abstracción si se le promociona irresponsablemente como panacea universal a la crisis política. La memoria conduce a pensar en los sucesos de abril de 2002 como una expresión bastante aceptable del 350 —por la razonablemente baja cantidad de muertos, heridos y encarcelados—, que de manera lamentable excedió a la dirigencia política para caer en manos de la élite castrense, con el eventual saldo negativo a la paz de la Nación.

El triste precedente hizo que se hiciera de lado al 350 por no saberlo entender ni aplicar, dejando a algunos revoltosos y duros del teclado la fastidiosa apelación a esta norma bajo inspiración única de violencia, algo muy aprovechado por los agentes del gobierno para acusar a cualquier espontáneo de golpista.

Ante la ola de protestas por la enésima petición presidencial de una Ley Habilitante para legislar a sus anchas, por la abortada Ley sobre Delitos Mediáticos y la reforma a la Ley de Educación próxima a nacer, aún hay quien recuerde seriamente al 350. Contrario a esa particularidad, la consagración presente en este artículo sobre el derecho de los ciudadanos a desconocer cualquier legislación que menoscabe los valores democráticos, tal y como se pretende llevar a cabo en la actualidad no logra más que el ridículo, máxime al tomar en cuenta las marchas de travestis a la Asamblea Nacional, las protestas con un insólito aire de celebración y esos fastuosos dirigentes que van a los medios a declarar cualquier cosa en nombre de una gente a la que no representan.

La consideración a un formal desentendimiento de legislaciones aberrantes como la reforma a la Ley de Educación, llega necesariamente a decisiones que en el caso de marras podrían concretarse en la negativa a enviar a los niños al colegio, para obligar al Estado a buscarlos de casa en casa, con las consecuentes repercusiones sociales. Si esta determinación es acompañada del desconocimiento a los demás instrumentos legales de represión, control y adoctrinamiento, más el repudio uniforme a la autoridad, sin duda alguna se lograrán cambios importantes. Pero ha de advertirse que una actuación aislada, sin otro añadido que la dulce espera en que los cambios se produzcan de forma ajena y espontánea, acercaría peligrosamente la protesta al fracaso que fue en su momento el paro cívico nacional de finales de 2002 y principios de 2003, o peor aún, a la asombrosa pasividad de todos frente a los múltiples fraudes electorales vistos en años recientes.

7 de agosto de 2009

Crónica de MERCAL

Son las once y media de la noche en una de las barriadas marginales de la ciudad. A pesar del peligro que representa salir a esa hora, la joven Nancy prepara a sus dos hijos —Joan, de 7 años y la pequeña Inés Chiquinquirá, de 3—, para iniciar la faena a la que acostumbra la familia varias veces por semana: ir a pasar la noche frente a un MERCAL (mercado de alimentos con financiamiento oficial). Su aventura nocturna lleva por misión conseguir al día siguiente los bienes de la cesta básica que personas de su condición económica sólo podrían adquirir al precio irreal que fija el gobierno. Nancy no deja a los niños en casa porque el hombre con el que vive los maltrata y, teniéndolos frente al mercadito, podrá usarlos para llevarse más cosas y pasar más rápido en la interminable cola de personas que buscan resolverse con comida barata al igual que ella. La jornada la pasa sin mayor compañía que la de sus hijos porque, como sucede en muchos hogares venezolanos, Nancy no tiene esposo; sólo un mantenido cuya función se agota en satisfacer sus necesidades sentimentales.

La noche cae con suma frialdad sobre la colchoneta en la que yacen la mujer y sus niños; procura esconderles bien cada vez que ve pasar alguna patrulla para evitarse mayores problemas. Dormita sin perder de vista a todo el que pasa porque también corre el riesgo de ser víctima de la delincuencia local. En estos asuntos pasa el tiempo, intentando descansar un poco mientras espera por el alba, que anuncia el inicio de las ventas.

El escándalo y el agolpamiento de la gente despiertan a los dos pequeños, a los que la costumbre ha hecho dormir bien no obstante encontrarse a centímetros del suelo. Las puertas se abren y la gente pasa a empellones, sin más organización que la que da el estar todos bajo una misma necesidad. Nancy tiene en sus manos varios tiques que los trabajadores del mercado han repartido temprano para garantizar el orden en la cola; ella sonríe pensando en que más tarde podrá vender los tiques sobrantes a los que llegaron retrasados. También se encuentra con algunas de sus hermanas en circunstancias similares y con la misma misión, y se anima ante la oportunidad de intercambiarse los críos y los productos conforme a los propósitos de cada cual.

Posterior al período de largas horas en el mercado popular, entre gritos, sudor, cansancio y malos olores, las mujeres salen todas muy satisfechas de su cuantioso botín: veinte pollos importados de Brasil, algunas piezas de mortadela, azúcar, aceite de palma africana, arroz “expropiado” a los productores nacionales, y varios kilos de una extraña leche en polvo, de la que la gente afirma con sorna que la rinden con harina de trigo vencida.

Ya es mediodía bajo el inclemente sol de la ciudad. Nancy se despide de sus hermanas con parte del botín. Con tanta comida a buen precio, seguro tendrá sustento para ella, el chulo y sus hijos durante mucho tiempo. Llega al ranchito en el que vive y del que prometió el gobierno que sería cambiado por una casa digna, para ver al hombre de sus afectos durmiendo aún bajo las sucias sábanas; ella sin inmutarse pone las cosas en el piso y toma su teléfono móvil para llamar a su jefe y empezar algunas negociaciones. Nancy es doméstica.

En una de las zonas más acomodadas de la ciudad, en una casa lujosa y que escapa del sol con sumo dispendio, suena el teléfono de la señora de la casa: — ¿Aló? ¿Señora Inés? Aquí le tengo el pedido de siempre ¿Cuántos pollos le llevo?—.

La señora Inés es abierta opositora al Régimen hambreador de Hugo Chávez; acostumbra ir a las marchas, en su casa sólo se ve Globovisión y se escuchan los Runrunes de Nelson Bocaranda. En su casa, hablar bien del gobierno es pecado. En palabras del gobierno, ella es una oligarca típica.

La señora Inés cree firmemente en la caridad como único medio de alcanzar la redención, pero lo cree a tal extremo, que su caridad se hace perniciosa para los beneficiarios. Está consciente de que hay que ayudar al más necesitado, no por la imposición de un mal llamado Socialismo del Siglo XXI, sino dentro de la voluntad de cada cual.

Nancy llega a las puertas de la Quinta de Doña Inés acompañada de sus dos hijos. Se adivina pronto que por agradecimiento, o por adulación, la niña de Nancy fue coronada con el nombre de la Jefe. Lleva entre sus manos una cantidad de bolsas que advierte mucho contenido. Su presencia se debe a razones de negocios: hoy no viene a limpiar, viene a vender; hoy su jefe es su mejor cliente.

Doña Inés tiene preparado el dinero que va a entregar por los víveres que costaron el sacrificio de Nancy y sus dos pequeños. Todo le sale un poco más caro que el precio original subsidiado por el gobierno, pero mucho más barato que comprar en alguna tienda o supermercado. Doña Inés piensa que hace un negocio redondo comprando los alimentos de dudosa calidad a buen precio y a la vez “ayudando” con el pago adicional a Nancy. Doña Inés está orgullosa de haber sido tan capitalista y a la vez tan bondadosa.

Los hijos de Doña Inés no ven el negocio con muy buenos ojos porque se corren rumores de que la leche de MERCAL es laxante y los pollos están tan cargados de hormonas que al mes de consumirlos la voz empieza a ponerse aguda. Su mayor indignación está en saber que Nancy padece de cierta adicción alcohólica y que muy seguramente una parte del dinero de la venta estará destinada la ingesta de algunas bebidas espirituosas. Esperan que al día siguiente Nancy avise por interpuesta persona que “no va a trabajar porque estaba mamando caña y amaneció más prendía que tabaco’e bruja”. Intentan cansinamente hacer ver a su madre la inconveniencia de sus tratos con la doméstica; la madre, por su parte, pregunta, con un oculto reproche a la indolencia de sus hijos: ¿No les da lástima con esa pobre mujer?

Los hijos de Doña Inés se limitan a guardar silencio, y la miran como queriendo devolver la pregunta.

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MORALES-LOAIZA, Alejandro. Título de la publicación. Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza. Año. [En línea]. Puesto en línea el (fecha de publicación). URL: http://alejandromoralesloaiza.blogspot.com/..../ Consultado el (fecha de consulta).

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