À la une

26 de septiembre de 2009

Resentimientos que perduran

En recientes reflexiones hube de analizar el tema de los valores en los que descansa el ideario del ciudadano común, que determina su modo de ver la vida política en Venezuela. Entre las opiniones dadas se expresó, aquí y allá, cómo las principales ideas que alimentan la tradición de crisis y descontento en el país, concentran su base en la visión de un flagelo único, una clase privilegiada —compuesta por una especie de maleantes superiores—, que con maña histórica se ha dado a la tarea de apropiarse de la riqueza que en justicia pertenece al pueblo.

Tal y como se comentara, la insistencia de la dirigencia política en la promoción de esta visión, vertida en entidades abstractas que confunden fácilmente, permite que la ignorancia sostenga la voluntad de una parte importante de la población, que se autodestruye mientras distrae sus anhelos en la aparición de un líder mesiánico que barra con el latrocinio de los estamentos elevados. Con punto de partida en esta realidad, muchos factores de poder aprovechan de venderse al público como pilares de honestidad y justicia o, lo que es terriblemente peor, promocionar liderazgos populares y bienintencionados, que por final procuran hacerse del posicionamiento social, político y económico que favorezca a intenciones nada santas.

La parte de este juego de intrigas en la que intervienen los medios y algunas otras entidades de moralidad aviesa, ha sido debidamente tratada en otros artículos. La preocupación de hoy surge al contemplar el inicio de un nuevo círculo vicioso en la ficción que intenta señalar por responsables de las miserias del pueblo a cuerpos privilegiados sin nombre. Si bien para el chavecismo la fórmula funcionó estupendamente para su arribo al poder —ayudada por el antecedente golpista y populachero de sus líderes—; la misma termina perjudicándole ahora que el movimiento es reflejo fiel y exacto del acaparamiento desleal del poder, abriendo una nueva era de odio que podría signar los destinos de la República en las próximas décadas.

Lo anterior tiene su evidencia en la contemplación diaria de la costumbre (cada vez más natural) de identificar como chavistas [1] a esos personajes que se pasean sin disimulo en autos de último modelo y adquieren grandes bienes de fortuna de la noche a la mañana. Con la misma inflexión despreciativa con la que la inicial mayoría revolucionaria hablaba de oligarcas y burgueses, los defraudados y excluidos de hoy comentan la empalagosa ostentación de unos socialistas muy malamente autocalificados.

Aunque de principio advirtiese con sorna la trascendida inquina contra conocidos “boligarcas” [2], debo reconocer que el asunto no debería llamar a risa. El propiciar y sostener el odio entre venezolanos por cuestiones de fantasía está entre las cosas más deleznables que pueden adjudicársele a la política de Chávez. Pero la culpa no reside en él de forma exclusiva, porque justo cabe afirmar que su estrategia política sólo fue la mayor expresión de un hábito generalizado dentro de la dinámica democrática de fines del siglo XX en Venezuela y América Latina. Esta posición obviamente no pretende justificar, ni remotamente, la escandalosa descomposición de los funcionarios del chavecismo en diez años de gobierno; se orienta más a destacar la inconveniencia que da poner el sentimiento por encima de la razón en determinadas situaciones. Apuntado de este modo en innumerables oportunidades, para el caso de la corrupción no basta tanto el repudio de la sociedad como la existencia de instituciones serias que configuren un sistema de justicia eficaz [3], que consecuentemente vaya poniendo fin a una larga serie de resentimientos y deseos de venganza que posicionan a Venezuela a varios pasos detrás del progreso histórico.

1. Desde inicio del fenómeno sociopolítico en Venezuela, por un error morfológico se emplea el despectivo “Chavista” en sustitución de término correcto “Chavecista”.

2. Boligarca es el calificativo que se utiliza para hacer referencia a cada miembro de la llamada “Nueva Oligarquía Bolivariana”.

3. Puede que en Venezuela sea demasiado tarde para el retorno de instituciones serias que regulen y sancionen las actividades del Estado y sus representantes.

14 de septiembre de 2009

¿Ética Internacional?

(…) En la guerra perdí a mi mujer en un bombardeo y a un hijo en el frente ruso. Ahora, hago negocios con la gente que los mató.
¡Es la realidad! Si no somos capaces de cooperación y de compromiso, el mundo terminará en un gran espectáculo de fuegos artificiales. Quieres llevar al cadalso a todos los asesinos, no hay en el mundo cuerda bastante para ahorcarlos (…)

Karl Kruger, personaje ficticio de la novela Arlequín, de Morris West, comentando sobre la situación mundial en 1973.

Cosa ligera se ha vuelto la crítica a las relaciones internacionales. Políticos varios, periodistas y simples mortales comparten la gloria efímera que da el puritanismo de tachar de inmorales a los gobiernos del mundo en los negocios con sus pares.

El tema viene a comentario por las recientes alusiones a la gira presidencial de Hugo Chávez por Europa y el Medio Oriente, en el que los aprovechados de siempre hacen vítores al Comandante para tenerle contento y firmando cheques.

Aunque es cierto que bajo la avidez dineraria también se desencadenan guerras y conflictos de justificación dudosa, —como la reciente invasión a Irak; fiel reflejo de una postura geopolítica de larga tradición—, en los acuerdos internacionales donde la voluntad no se somete sino que se negocia con carantoñas, la moral pasa desapercibida si ello implica mayores ganancias. De estas particularidades tienen provechoso conocimiento la mayoría de los líderes mundiales, y muy especialmente (cabe admitirlo con tristeza), Hugo Chávez.

En sus relaciones internacionales, al presidente Venezolano podría encuadrársele la actitud de una reina de carnaval de pueblo, que lanza caramelos y confites en derredor mientras pasa en su carroza y la gente le aplaude. Configura el perfil del líder caprichoso que maneja visceralmente su política externa y que ofrece generosas dádivas a quien lo recibe con una sonrisa.

Pero, visto lo que la realidad inspira ¿Es criticable que en un país democrático como España se entienda cordialmente con Hugo Chávez, Evo Morales, o con Muammar al-Gaddafi? Moralmente, sí. Políticamente, no. Bajo el dictado de los intereses comerciales del pueblo español, el propio Rey —a quien no debe hacerle mucha gracia atender bravucones— logra forzar una sonrisa para obtener ganancia de lo que muchos considerarían un reparto maligno. Ante el caso de Chávez, el esfuerzo diplomático de Su Majestad sería encomiable para los españoles si se examina que con su gesto logró extender la protección de la inversión ibérica en Venezuela, que había empezado a ser atacada por el mandatario venezolano como represalia al famoso “¿Por qué no te callas?”.

Respecto de Evo Morales, un preocupado Vargas Llosa se adelanta a opinar: “Lamento mucho que el Gobierno español apoye a Evo Morales, que no es un presidente democrático, lo que está haciendo es una experiencia con una clara orientación autoritaria, y algo mucho más grave, racista”. Bien podría responderle el gobierno español, bajo la más pura expresión pragmática, que el entendimiento con Morales no representa mayor cosa que un “buen negocio”. Pero como esta verdad es obvia, en estos casos se prefiere que el silencio haga su parte.

Los conocedores de la situación socioeconómica mundial no desperdician razonamientos en hacer valoraciones estériles sobre la moral y ética de las relaciones internacionales modernas. Se limitan seriamente a evidenciar motivaciones y consecuencias de los diversos pactos y acuerdos en concreto, destacando las repercusiones que tendrán en la vida de los pueblos y la posible respuesta de los terceros interesados. Así va el mundo, y todo indica que en largo tiempo las cosas no andarán de otro modo.

Finalmente, cabe aclarar que esta reflexión no pretende hacer apología de la política internacional de presidentes como Chávez o Morales, que redundan en la miseria de sus pueblos en tanto que fungen como vedettes de la opinión mundial, causando curiosidad y risa. Pero ciertamente, como ciudadanos afectados, ya bolivianos, ya venezolanos, no podemos culpar que los demás se aprovechen de nuestra desgracia si de nosotros mismos no ha salido una solución efectiva a los problemas. En relaciones internacionales… “tanto tienes, tanto vales”.

2 de septiembre de 2009

La Ficción de la Oligarquía Abstracta

“Los que quieran colonia, los que quieran ser esclavos, los que quieran ser vasallos del capitalismo, ¡¡vayan con ellos, con los pitiyanquis, con la burguesía…!!
Los que quieran patria, los que quieran ser libres, los que quieran felisidad (sic) para sus hijos, para sus hijas…¡¡VENGAN CONMIGO!! ¡¡RUMBO AL SOCIALISMO!! ¡¡¡VENCEREMOS!!!”.

Hugo Chávez Frías, 11 de diciembre de 2008.

En el tema de los valores y creencias del venezolano en cuanto a su ser político y social, las investigaciones desarrolladas en años recientes logran dar una luz de entendimiento a lo que podría considerarse una base importante de las múltiples crisis que han tenido lugar en la vida de la República. La medida que parte de los ciudadanos para determinar el atraso o avance de una nación, toma fuerte vigencia en el caso venezolano si se considera el par de lustros de la Revolución Bolivariana.

Al examinar los estudios de Mikel de Viana sobre el tema en comentario, sin duda se encontrará una buena parte del origen al freno del progreso en el país. Sobre estas consideraciones, sociólogos y politólogos aciertan contestes en afirmar como creencias tradicionales del venezolano, que se ordenan a manera de premisas, las siguientes:
  1. Venezuela es un país muy rico por la abundancia de recursos naturales.
  2. Todos somos dueños de esa riqueza.
  3. La riqueza del país debe ser repartida con justicia.
  4. Lo justo es el reparto equitativo: sin diferencias sociales, pobres o ricos reciben igual.
  5. El Estado es el administrador justo y responsable del reparto equitativo de la riqueza.
  6. Si somos pobres, si hay más pobres que ricos, es porque el Estado no reparte con justicia y porque las élites han saqueado al país.
  7. La corrupción es el principal problema del país; necesario por tanto es que haya gente honesta.
  8. Las relaciones personales y los contactos son más importantes que los méritos y la disposición para el trabajo.
(Fuente: DE VIANA, Mikel. Los valores del venezolano. Caracas, Venezuela. 2002 SPE/SPI).

En la lectura de estas premisas se observa, como pudiera agregar posteriormente el autor, que los venezolanos tienen por tradición apuntar como fuente de sus males a una causa mayor externa e indeterminada; una hipótesis fundamental que encierra vicios primitivos: “no somos culpables de nuestra pobreza; somos pobres por el egoísmo y la avaricia de quienes han detentado el poder”.

Si bien este sentimiento tenía un arraigo que había ido solazándose durante el período democrático en Venezuela, tuvo un incremento repentino que podemos ubicar a partir del famoso Viernes Negro de 1983, con la consecuente degradación económica y social que tuvo por culmen las intentonas golpistas de 1992. Para 1999, año en que Hugo Chávez arriba democráticamente al poder, la mayor parte de la población confiaba en que el ex golpista continuaría su vocación mesiánica de mejorar al país haciendo a un lado a la clase política corrupta; bien podría decirse que convenció de ello por su verbo elocuente y encendido.

Durante su campaña en 1998, Hugo Chávez demostró compartir cierto resentimiento con muchos de quienes apoyaron su carrera política. Probablemente en su amor por el poder, Chávez comprendía desde inicio la utilidad que determina alimentar algunos sentimientos para librarse de una importante cuota de responsabilidad en la conducción del país, en su caso signada por la ineficiencia y la corrupción. El chavismo pasaría pronto a ser otra cúpula podrida cuyos malos olores deberían ocultarse a cualquier costo.

De este modo se arriba a lo que hemos dado en llamar “Ficción de la Oligarquía Abstracta”; una visión que partió de la misma mentira que en tiempos electorales le ganó a Hugo Chávez la simpatía de una mayoría resentida. Hoy apunta con su dedo a una masa anónima de ricos y poderosos y la acusa de ser la culpable de su desgobierno y de la miseria histórica en el país. Convenientemente se abstiene de hacer señalamientos directos para poder acusar de oligarca a todo el que se oponga a su gobierno. A este tiempo, la consigna oficial determina que “sólo eliminando a la Oligarquía se logrará que el país salga adelante”, cuando lo cierto es que nadie podría identificar con certeza a un oligarca porque, dondequiera que se mire, hay un chavista ejerciendo el poder y pudriéndose en plata. Bajo esta consideración, los ideólogos del régimen deben pensar pronto en hacer distinción de lo que podrían considerar “oligarcas buenos” y “oligarcas malos”; también por cosa de evitar que el pueblo le tome ojeriza a personajes como Elena Frías de Chávez, madre del Presidente, cuando la vean pasear en carros lujosos y con prendas costosísimas compradas con el dinero de todos.

Los episodios en los que estas visiones primitivas sobre la vida política se aprovechan con fines tiránicos, se observan con suma frecuencia a lo largo de la Historia Universal. Para citar un ejemplo mayúsculo cabe destacar el caso del pueblo alemán, que sumido en la miseria y cargado de un resentimiento posterior a la primera Guerra Mundial, fue convencido por Adolf Hitler de participar en una segunda Guerra mediante la ficción de la supremacía racial y el cultivo del odio sobre los judíos, quienes se convirtieron de este modo en verdaderos chivos expiatorios para “la grandeza de Alemania”. Pasados setenta años del Holocausto, Europa parece haber aprendido la lección de los peligros que encierra el tomar decisiones sobre la vida de las naciones de manera visceral, a nosotros aún nos falta.

Cómo citar los artículos

Para citar los artículos contenidos en el Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza, sírvase colocar la siguiente nota:

MORALES-LOAIZA, Alejandro. Título de la publicación. Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza. Año. [En línea]. Puesto en línea el (fecha de publicación). URL: http://alejandromoralesloaiza.blogspot.com/..../ Consultado el (fecha de consulta).

Aquí leemos todos

En el Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza, se ha puesto especial cuidado en cambiar el formato de su contenido de alineación justificada a alineación izquierda. De este modo, las personas con discapacidad podrán apreciar más cómodamente los diferentes artículos y reflexiones.