En recientes reflexiones hube de analizar el tema de los valores en los que descansa el ideario del ciudadano común, que determina su modo de ver la vida política en Venezuela. Entre las opiniones dadas se expresó, aquí y allá, cómo las principales ideas que alimentan la tradición de crisis y descontento en el país, concentran su base en la visión de un flagelo único, una clase privilegiada —compuesta por una especie de maleantes superiores—, que con maña histórica se ha dado a la tarea de apropiarse de la riqueza que en justicia pertenece al pueblo.
Tal y como se comentara, la insistencia de la dirigencia política en la promoción de esta visión, vertida en entidades abstractas que confunden fácilmente, permite que la ignorancia sostenga la voluntad de una parte importante de la población, que se autodestruye mientras distrae sus anhelos en la aparición de un líder mesiánico que barra con el latrocinio de los estamentos elevados. Con punto de partida en esta realidad, muchos factores de poder aprovechan de venderse al público como pilares de honestidad y justicia o, lo que es terriblemente peor, promocionar liderazgos populares y bienintencionados, que por final procuran hacerse del posicionamiento social, político y económico que favorezca a intenciones nada santas.
La parte de este juego de intrigas en la que intervienen los medios y algunas otras entidades de moralidad aviesa, ha sido debidamente tratada en otros artículos. La preocupación de hoy surge al contemplar el inicio de un nuevo círculo vicioso en la ficción que intenta señalar por responsables de las miserias del pueblo a cuerpos privilegiados sin nombre. Si bien para el chavecismo la fórmula funcionó estupendamente para su arribo al poder —ayudada por el antecedente golpista y populachero de sus líderes—; la misma termina perjudicándole ahora que el movimiento es reflejo fiel y exacto del acaparamiento desleal del poder, abriendo una nueva era de odio que podría signar los destinos de la República en las próximas décadas.
Lo anterior tiene su evidencia en la contemplación diaria de la costumbre (cada vez más natural) de identificar como chavistas [1] a esos personajes que se pasean sin disimulo en autos de último modelo y adquieren grandes bienes de fortuna de la noche a la mañana. Con la misma inflexión despreciativa con la que la inicial mayoría revolucionaria hablaba de oligarcas y burgueses, los defraudados y excluidos de hoy comentan la empalagosa ostentación de unos socialistas muy malamente autocalificados.
Aunque de principio advirtiese con sorna la trascendida inquina contra conocidos “boligarcas” [2], debo reconocer que el asunto no debería llamar a risa. El propiciar y sostener el odio entre venezolanos por cuestiones de fantasía está entre las cosas más deleznables que pueden adjudicársele a la política de Chávez. Pero la culpa no reside en él de forma exclusiva, porque justo cabe afirmar que su estrategia política sólo fue la mayor expresión de un hábito generalizado dentro de la dinámica democrática de fines del siglo XX en Venezuela y América Latina. Esta posición obviamente no pretende justificar, ni remotamente, la escandalosa descomposición de los funcionarios del chavecismo en diez años de gobierno; se orienta más a destacar la inconveniencia que da poner el sentimiento por encima de la razón en determinadas situaciones. Apuntado de este modo en innumerables oportunidades, para el caso de la corrupción no basta tanto el repudio de la sociedad como la existencia de instituciones serias que configuren un sistema de justicia eficaz [3], que consecuentemente vaya poniendo fin a una larga serie de resentimientos y deseos de venganza que posicionan a Venezuela a varios pasos detrás del progreso histórico.
1. Desde inicio del fenómeno sociopolítico en Venezuela, por un error morfológico se emplea el despectivo “Chavista” en sustitución de término correcto “Chavecista”.
2. Boligarca es el calificativo que se utiliza para hacer referencia a cada miembro de la llamada “Nueva Oligarquía Bolivariana”.
3. Puede que en Venezuela sea demasiado tarde para el retorno de instituciones serias que regulen y sancionen las actividades del Estado y sus representantes.
Tal y como se comentara, la insistencia de la dirigencia política en la promoción de esta visión, vertida en entidades abstractas que confunden fácilmente, permite que la ignorancia sostenga la voluntad de una parte importante de la población, que se autodestruye mientras distrae sus anhelos en la aparición de un líder mesiánico que barra con el latrocinio de los estamentos elevados. Con punto de partida en esta realidad, muchos factores de poder aprovechan de venderse al público como pilares de honestidad y justicia o, lo que es terriblemente peor, promocionar liderazgos populares y bienintencionados, que por final procuran hacerse del posicionamiento social, político y económico que favorezca a intenciones nada santas.
La parte de este juego de intrigas en la que intervienen los medios y algunas otras entidades de moralidad aviesa, ha sido debidamente tratada en otros artículos. La preocupación de hoy surge al contemplar el inicio de un nuevo círculo vicioso en la ficción que intenta señalar por responsables de las miserias del pueblo a cuerpos privilegiados sin nombre. Si bien para el chavecismo la fórmula funcionó estupendamente para su arribo al poder —ayudada por el antecedente golpista y populachero de sus líderes—; la misma termina perjudicándole ahora que el movimiento es reflejo fiel y exacto del acaparamiento desleal del poder, abriendo una nueva era de odio que podría signar los destinos de la República en las próximas décadas.
Lo anterior tiene su evidencia en la contemplación diaria de la costumbre (cada vez más natural) de identificar como chavistas [1] a esos personajes que se pasean sin disimulo en autos de último modelo y adquieren grandes bienes de fortuna de la noche a la mañana. Con la misma inflexión despreciativa con la que la inicial mayoría revolucionaria hablaba de oligarcas y burgueses, los defraudados y excluidos de hoy comentan la empalagosa ostentación de unos socialistas muy malamente autocalificados.
Aunque de principio advirtiese con sorna la trascendida inquina contra conocidos “boligarcas” [2], debo reconocer que el asunto no debería llamar a risa. El propiciar y sostener el odio entre venezolanos por cuestiones de fantasía está entre las cosas más deleznables que pueden adjudicársele a la política de Chávez. Pero la culpa no reside en él de forma exclusiva, porque justo cabe afirmar que su estrategia política sólo fue la mayor expresión de un hábito generalizado dentro de la dinámica democrática de fines del siglo XX en Venezuela y América Latina. Esta posición obviamente no pretende justificar, ni remotamente, la escandalosa descomposición de los funcionarios del chavecismo en diez años de gobierno; se orienta más a destacar la inconveniencia que da poner el sentimiento por encima de la razón en determinadas situaciones. Apuntado de este modo en innumerables oportunidades, para el caso de la corrupción no basta tanto el repudio de la sociedad como la existencia de instituciones serias que configuren un sistema de justicia eficaz [3], que consecuentemente vaya poniendo fin a una larga serie de resentimientos y deseos de venganza que posicionan a Venezuela a varios pasos detrás del progreso histórico.
1. Desde inicio del fenómeno sociopolítico en Venezuela, por un error morfológico se emplea el despectivo “Chavista” en sustitución de término correcto “Chavecista”.
2. Boligarca es el calificativo que se utiliza para hacer referencia a cada miembro de la llamada “Nueva Oligarquía Bolivariana”.
3. Puede que en Venezuela sea demasiado tarde para el retorno de instituciones serias que regulen y sancionen las actividades del Estado y sus representantes.



