“...no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases...”
(Karl Marx. Carta a Joseph Weydemeyer, 5 de marzo de 1852).
En una sociedad tan lúdica como la venezolana, no es más que una gran ironía el atreverse a hablar de la Lucha de Clases.
La Teoría de la Lucha de Clases, al igual que otras intenta explicar las razones por las cuales el ser humano no ha alcanzado paz consigo mismo ni con su entorno; con base en la asunción de éste como un ser naturalmente individualista y conflictivo, establece una especie de muerte psicológica como único modo de lograr armonía permanente en la Tierra.
Conforme a esta teoría, a la muerte psicológica se llega únicamente con La Reforma del Pensamiento —Un nombre elegante para lo comúnmente conocido como lavado de cerebros—, que determina la imposición continua y generalizada de conductas que concluyan por castrar el pensamiento individualista en el hombre y lo lleven a despreciar todo lo que suponga un bien propio.
De este modo, en lo que pudiera pensarse como una visión tardía del maniqueísmo [1], toda doctrina que tenga por destino la conformación de una sociedad sin clases o sociedad comunista, sustituye el tradicional conflicto entre dos principios opuestos e irreductibles (Bien y Mal, Espíritu y Materia), por algo más palpable como el Pensamiento Colectivo y el Pensamiento Individual.
La Reforma del Pensamiento se concentra en la explotación de debilidades humanas como la codicia, la envidia y el odio, pero para los ideólogos comunistas es poco precio que pagar para alcanzar la imposición del Pensamiento Colectivo que dará nacimiento al Hombre Nuevo. Los vestigios de bondad del Hombre Moderno, representados por la piedad y la caridad, no harían falta una vez que se le obligue a existir por y para el sostenimiento de una colectividad abstracta que le promete el paraíso terrenal y que recibe el nombre de “La Revolución” [2].
De igual manera que las hormigas obreras viven y mueren por su reina bajo su instinto colectivista, por medio del engaño repetido de la Lucha de Clases y la falsa promesa del Edén Comunista, el Hombre Nuevo vivirá y morirá por La Revolución, cuya advocación residirá en unos pocos (verdaderos oligarcas de élite intelectual), que se harán a sí mismos dioses del sentimiento revolucionario, por cubrir la ausencia de otros dogmas convenientemente callados a sangre y fuego.
Posterior a esta odiosa, pero necesaria introducción, viene a comentario el delirio presidencial sobre la lucha de clases en Venezuela. Como bien se dio a entender en líneas anteriores, para que el lavado de cerebros logre más pronto la instalación de un pensamiento colectivista, requiere cubrir la humana necesidad de conflicto con un objeto —real o no— que inspire el odio en los revolucionarios. Toda revolución requiere de un enemigo que mantenga el calor de la lucha, porque para la ideología comunista ningún cambio que atente contra la propia naturaleza humana podría llevarse pacíficamente.
Ahí radica el obstáculo de la socialistísima Revolución Bolivariana que ha pretendido ser implantada en Venezuela. Un país con histórica vocación pacifista, libertaria y democrática, cuyos pobladores se consideran felices ante la peor adversidad, representa un gran muro —antes muy grande, hoy más pequeño— frente al avance de la doctrina de odio que propone la idea de la Lucha de Clases.
La circunstancia de que Chávez confiese hoy su vocación comunista, conjuntamente con todos los accesorios ideológicos, constituye un intento de radicalizar su postura y mostrarse como un niño terrible para lidiar con la frustración que le produce ver que los venezolanos se encuentran aún muy lejos de ser revolucionarios y que los pocos que dicen serlo no ofrecen el mejor ejemplo.
Ahora cabe preguntarse ¿Chávez cree realmente en el Comunismo? No. De modo similar al de muchos que se han declarado socialistas para hartarse de las delicias del poder, al camarada Chávez le mueve el apetito por continuar siendo el representante semilegendario de su Revolución Bolivariana, la cual tiene poco de revolucionaria y nada de bolivariana [3].
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[1] Los maniqueos creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos —el Bien y el Mal—, que eran asociados a la Luz y las Tinieblas, y tal consideración se extendía a pensar que el espíritu del hombre pertenecía a Dios, pero su cuerpo al demonio.
[2] Lógico es pensar que para los ideólogos del Comunismo fue más sencillo vincular la ilusión de eternidad a una ficción colectiva cuya esencia pudiera conservarse aunque sus representantes fuesen sustituidos en el tiempo.
[3] No cabe duda que Barack Obama ya tuviese su réplica de la espada de Bolívar si Chávez hubiese visto en El Imperio la oportunidad de perpetuarse en el poder.
[2] Lógico es pensar que para los ideólogos del Comunismo fue más sencillo vincular la ilusión de eternidad a una ficción colectiva cuya esencia pudiera conservarse aunque sus representantes fuesen sustituidos en el tiempo.
[3] No cabe duda que Barack Obama ya tuviese su réplica de la espada de Bolívar si Chávez hubiese visto en El Imperio la oportunidad de perpetuarse en el poder.



