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30 de noviembre de 2009

En el trasnocho tropical de la Lucha de Clases






“...no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases...”

(Karl Marx. Carta a Joseph Weydemeyer, 5 de marzo de 1852).

En una sociedad tan lúdica como la venezolana, no es más que una gran ironía el atreverse a hablar de la Lucha de Clases.

La Teoría de la Lucha de Clases, al igual que otras intenta explicar las razones por las cuales el ser humano no ha alcanzado paz consigo mismo ni con su entorno; con base en la asunción de éste como un ser naturalmente individualista y conflictivo, establece una especie de muerte psicológica como único modo de lograr armonía permanente en la Tierra.

Conforme a esta teoría, a la muerte psicológica se llega únicamente con La Reforma del Pensamiento —Un nombre elegante para lo comúnmente conocido como lavado de cerebros—, que determina la imposición continua y generalizada de conductas que concluyan por castrar el pensamiento individualista en el hombre y lo lleven a despreciar todo lo que suponga un bien propio.

De este modo, en lo que pudiera pensarse como una visión tardía del maniqueísmo [1], toda doctrina que tenga por destino la conformación de una sociedad sin clases o sociedad comunista, sustituye el tradicional conflicto entre dos principios opuestos e irreductibles (Bien y Mal, Espíritu y Materia), por algo más palpable como el Pensamiento Colectivo y el Pensamiento Individual.

La Reforma del Pensamiento se concentra en la explotación de debilidades humanas como la codicia, la envidia y el odio, pero para los ideólogos comunistas es poco precio que pagar para alcanzar la imposición del Pensamiento Colectivo que dará nacimiento al Hombre Nuevo. Los vestigios de bondad del Hombre Moderno, representados por la piedad y la caridad, no harían falta una vez que se le obligue a existir por y para el sostenimiento de una colectividad abstracta que le promete el paraíso terrenal y que recibe el nombre de “La Revolución” [2].

De igual manera que las hormigas obreras viven y mueren por su reina bajo su instinto colectivista, por medio del engaño repetido de la Lucha de Clases y la falsa promesa del Edén Comunista, el Hombre Nuevo vivirá y morirá por La Revolución, cuya advocación residirá en unos pocos (verdaderos oligarcas de élite intelectual), que se harán a sí mismos dioses del sentimiento revolucionario, por cubrir la ausencia de otros dogmas convenientemente callados a sangre y fuego.

Posterior a esta odiosa, pero necesaria introducción, viene a comentario el delirio presidencial sobre la lucha de clases en Venezuela. Como bien se dio a entender en líneas anteriores, para que el lavado de cerebros logre más pronto la instalación de un pensamiento colectivista, requiere cubrir la humana necesidad de conflicto con un objeto —real o no— que inspire el odio en los revolucionarios. Toda revolución requiere de un enemigo que mantenga el calor de la lucha, porque para la ideología comunista ningún cambio que atente contra la propia naturaleza humana podría llevarse pacíficamente.

Ahí radica el obstáculo de la socialistísima Revolución Bolivariana que ha pretendido ser implantada en Venezuela. Un país con histórica vocación pacifista, libertaria y democrática, cuyos pobladores se consideran felices ante la peor adversidad, representa un gran muro —antes muy grande, hoy más pequeño— frente al avance de la doctrina de odio que propone la idea de la Lucha de Clases.

La circunstancia de que Chávez confiese hoy su vocación comunista, conjuntamente con todos los accesorios ideológicos, constituye un intento de radicalizar su postura y mostrarse como un niño terrible para lidiar con la frustración que le produce ver que los venezolanos se encuentran aún muy lejos de ser revolucionarios y que los pocos que dicen serlo no ofrecen el mejor ejemplo.

Ahora cabe preguntarse ¿Chávez cree realmente en el Comunismo? No. De modo similar al de muchos que se han declarado socialistas para hartarse de las delicias del poder, al camarada Chávez le mueve el apetito por continuar siendo el representante semilegendario de su Revolución Bolivariana, la cual tiene poco de revolucionaria y nada de bolivariana [3].

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[1] Los maniqueos creían que había una eterna lucha entre dos principios opuestos —el Bien y el Mal—, que eran asociados a la Luz y las Tinieblas, y tal consideración se extendía a pensar que el espíritu del hombre pertenecía a Dios, pero su cuerpo al demonio.

[2] Lógico es pensar que para los ideólogos del Comunismo fue más sencillo vincular la ilusión de eternidad a una ficción colectiva cuya esencia pudiera conservarse aunque sus representantes fuesen sustituidos en el tiempo.

[3] No cabe duda que Barack Obama ya tuviese su réplica de la espada de Bolívar si Chávez hubiese visto en El Imperio la oportunidad de perpetuarse en el poder.

27 de noviembre de 2009

¿Es realmente autónomo el Cuarto Poder?

En días recientes he recibido la llamada de una estudiante que deseaba conocer mi opinión sobre el tema de los medios de comunicación social como configuración del llamado Cuarto Poder[1]. Las ideas que me detallaba y por las que pedía mi consejo, dieron origen a la presente reflexión.

Según me explicaba la futura periodista, la motivación a investigar el tema le vino por el actual debate en el que se cuestiona la existencia de los medios como un Poder autónomo, con base en una supuesta usurpación de las fuentes de información por parte de los poderes tradicionales como el político o el económico.

Diversos ejemplos sirven para entender la postura dada sobre los medios de comunicación, en especial si se atiende al caso de la crisis venezolana, dentro de la cual los medios han tenido una participación importante sobre cada episodio y con representación en ambos bandos, con extremos que van desde la prensa propagandista hasta la presión oficial para la autocensura. El gobierno aprovecha de señalar a los medios que le son críticos como “servidores de intereses económicos y políticos del Imperio Norteamericano”, al tiempo que se apodera de gran parte del espacio informativo para la promoción falseada de los propios logros, para los que emplea medios travestidos de honestidad y ecuanimidad.

Aunque la muestra es dramática y ampliamente conocida, para la perspectiva mundial no deja de ser una realidad separada y por tanto incapaz de generar predicciones que abarquen una generalidad. Se entiende también que los dueños de medios tienen por su parte diversas posturas políticas, económicas, religiosas y sociales que se reflejan en la manera en que la información es puesta a la disposición del público, pero esta circunstancia no basta para figurarse a los medios como el departamento de prensa de los demás poderes.

Ahora respecto de la autonomía. Si bien para los puristas existen diferencias puntuales entre los conceptos de autonomía e independencia, los asumiremos dentro de la presente reflexión como términos sinónimos, como bien indica el Diccionario de la Real Academia Española. En ese sentido, al hablar de la autonomía del Cuarto Poder, nos estamos refiriendo a su capacidad de sostenerse sin intervenciones de ningún tipo. Como probablemente suceda en todas las discusiones que tienen su origen en giros de la semántica, por una parte se concibe que toda intervención ajena al Cuarto Poder hiere su independencia y le acerca a su desaparición; una posición que analizada con simplismo guarda cierto sentido, pero que a la postre es en extremo fatalista. Si la costura se corre, con la misma posición se llega a la creencia popular por la que se pone en la cúspide del mundo al poder económico, que interviene en todo porque encuentra siempre la posibilidad de comprar voluntades (de políticos, militares, periodistas y ministros de cualquier culto).

Pero por la Historia se aprende que los medios desde su inicio han desarrollado una estrecha vinculación con los demás factores de poder que existen (políticos, económicos, religiosos, castrenses, etc.), precisamente porque cada uno como tal no exhibe una naturaleza aislada e independiente. Para el momento de analizar los poderes, —los cuales tampoco pueden ser individualizados del todo, como intentaron los comunistas al promover su ficción de la lucha de clases—, sólo podría hablarse de interdependencia, una relación en la que cada cual por momentos se auxilia del otro para lograr un fin determinado, bueno o malo, sin perder su identidad.

Más allá del error que supone plañir con saña la eventual desaparición de los medios de comunicación como un poder autónomo, el satanizar sus relaciones con los demás poderes sólo encierra una involución maniquea que repite los clichés de novelas rosa en las que “el Mundo es cruel y el Hombre es malo por naturaleza”.

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1. La calificación de la prensa como “El Cuarto Poder”, históricamente es atribuida a Edmund Burke (1729-1797), quien con referencia a la participación de las casas de imprenta en la Revolución Francesa, tuvo la perspicacia de advertir su influencia y predecir certeramente la realidad que vemos hoy.

Por risible que parezca, la estudiante de la consulta hubo de confesarme que, entre todos los entrevistados yo había sido el único en vincular inmediatamente la expresión de “Cuarto Poder” con los medios de comunicación social; un porcentaje importante de consultados había relacionado el término con los poderes públicos y otro más pequeño pensaba que la entrevista iba sobre cierta agrupación musical venezolana.

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Pareciera que los hechos que se suceden en el país están determinados para que cada vez se nos haga más sencillo criticar las puerilidades presidenciales y la indolencia general. En la contemplación de exaltaciones de guerra y apologías terroristas, al asombro sólo lo supera la apatía nuestra de enrumbarnos por el camino del cambio. A los lectores habituales ofrezco disculpas por la prolongada ausencia de nuevas reflexiones en este espacio; lo cierto es que, quizá también por obra del desgano, me he dedicado en este tiempo a escribir de otras cuestiones.

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MORALES-LOAIZA, Alejandro. Título de la publicación. Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza. Año. [En línea]. Puesto en línea el (fecha de publicación). URL: http://alejandromoralesloaiza.blogspot.com/..../ Consultado el (fecha de consulta).

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