Pronto se oyen rumores de la llegada del gobernador: un muchacho de buenas intenciones que, con los naturales tropiezos de la inexperiencia, hace oposición al gobierno chavista por la ausencia de su predecesor. Aprendió a gobernar de la manera en que le enseñó la política venezolana y por ello busca la autopromoción hasta en el gesto más ínfimo. Aunque desdeña olímpicamente de la política populista de Hugo Chávez, él sabe que algunos votos hay que conseguirlos con buena propaganda.
Cuando se confirma la visita del mandatario regional, en el barrio crece un ánimo de fiesta. Las gentes humildes preparan sus cartitas como los niños en diciembre para que el gobernador las lea y pueda mejorar sus vidas de alguna manera. El gobernador trae consigo esperanza, una esperanza de papel alimentada por la ilusión de esta década en la que los líderes hacen todo por el pueblo y el pueblo hace poco por sí mismo.
La calle una vez limpia se llena de globos y adornos festivos. Todos lucen sus mejores galas para ir a ver de cerca al gobernador; la expectación aumenta cuando pasan los primeros vehículos de su comitiva. Unas calles más abajo, en una urbanización cercana, se asoma una señora a la ventana de su casa. Intenta ver pasar al líder con pueril entusiasmo y la inocencia que comparte con la gente de las clases desposeídas en este país de todos. Su hijo, que la observa largamente con marcado desgano, se atreve a reprochar:
—No entiendo qué tiene de importante que el gobernador venga a pasearse en un barrio de estos y que tú salgas como una boba para ir a hacerle comparsa. Ahí tienes a toda esa gente que le aclama como un héroe por haber arreglado un par de calles—.La señora, con cierto orgullo, contesta:
—Pues esa gente debe estar muy agradecida de que ese señor las haya compuesto—.El hijo sonríe y agrega:
—Entonces déjame decirte, madre, que gente como ésa y como tú merecen tener a Hugo Chávez de presidente por muchos años más. Por un momento me has hecho recordar a todos esos viejitos que, mientras sufren al hacer cola para cobrar una miserable pensión, celebran estar recibiéndola "gracias a la buena obra del Comandante"—.Súbitamente observa cómo a su madre se le descompone el semblante con la simple mención del personaje al que odia tanto. Maldiciéndose por su exceso de franqueza, decide terminar con su idea:
—Este país saldrá de su condena el día en que las personas entiendan que sus gobernantes son empleados y no amos, el día que entiendan que es obligación del alcalde, del gobernador, del presidente, ¡del funcionario a quien competa!, hacer que las cosas funcionen y que todo ciudadano está en el sagrado derecho de exigir tal cosa por cualquier medio a su alcance—.
—No merece gratitud aquel que ha cumplido con su deber; los favores se agradecen en tanto que el trabajo siempre se paga ¿No crees, querida madre, que nuestros gobernantes no tienen suficiente gratificación en sus salarios como para que sumemos a ello nuestra servil adulación?—.




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