Todas las cuestiones humanísticas determinan al tiempo como una entidad de carácter relativo. En cada fenómeno en el que participe el pensamiento humano, el flujo del tiempo parece obrar de forma distinta y dependiendo de lo que trate, veinte años pudieran parecer mucho lo mismo que un siglo podría no significar nada.
En el mundo las realidades políticas aportan múltiples ejemplos de la relatividad en la percepción del tiempo. Legislación, prensa y cuerpos votantes configuran, conjunta o alternativamente, diversas reglas para los procesos electorales que van relacionadas con la condición etaria de los postulantes, en atención a la tradicional valoración de peso sobre la experiencia.
Para cualquier aspirante a actor político, confesar prematuramente sus intenciones pudiera resultarle fatal; si el ambiente es demasiado hostil la competencia podría cortarle la iniciativa de raíz y condenarle al olvido con el empleo de todos los recursos a su alcance. En escenarios menos agrestes, a los adelantados se les obliga a esperar por el merecimiento a su apoteosis política, bien porque la razón dicta que un buen adversario podría terminar convirtiéndose en un buen aliado, o bien porque, más allá de cualquier aprovechamiento directo, toda dinámica sana exige que sus actores cuenten con cierto conocimiento previo.
El caso venezolano escapa del supuesto descrito por diferentes razones, tantas que harían exceder el espacio dispuesto para esta reflexión, por lo que habremos de concentrarnos sobre las más importantes.
En primer lugar debe hacerse mención que, independientemente de la edad cronológica o profesional que se tenga, en Venezuela el advenedizo encontrará la mayor de las veces poca receptividad del electorado, por lo que si no cuenta con el conveniente auxilio de los dueños de medios, su capital en votos tendrá un saldo negativo. Aparte de las soluciones obvias a esta circunstancia —como la mediática—, los recién llegados tienen siempre la oportunidad de elevarse por la estrategia del liderazgo impuesto: dejar que su aspiración sea canalizada con la visión política de un líder o partido con una imagen sólida para producir aceptación.
Esta elevación o gracia de popularidad automática es posible identificarla en la manifestación pública de los noveles políticos de entonces por querer plegarse a la causa de Hugo Chávez en 1998, quien al tiempo prometía un cambio esperanzador en la realidad venezolana y gozaba del apoyo casi unánime de los medios de comunicación social. En adición a ello, su discurso representó una variación importante en la percepción del electorado: logró etiquetar a la vieja dirigencia política como un cuerpo partidario viciado, atrasado y corrupto al que había que superar mediante la implementación de un nuevo sistema democrático participativo y protagónico. La poca razón contenida en esa visión fue acogida y, como ya se dijo, una vez que el cambio fue representado por Chávez, todo el que no manifestó apoyo a su proyecto fue considerado como un agente repetidor de ese pasado oscuro que había que dejar atrás.
Ya que no existe nada escrito en temas políticos, el discurso divisionista ha terminado por perjudicar al propio chavismo. En la medida en que sus adversarios —cada vez mayores— convenzan a la población de que este proyecto no ha sido jamás un adelanto sino una regresión escandalosa a las viejas prácticas y que sus colaboradores han devenido en ser más de lo mismo con diferente disfraz, se harán con el favor electoral de todos aquellos que aún esperan por los cambios prometidos.
La idea dada por Chávez sobre el pasado democrático ha sido tan contundente que aún cierne sus efectos entre oficialistas y disidentes con la misma intensidad: todos los venezolanos conservan un compromiso fiel de no retorno. En el escenario actual en el que la popularidad del chavismo se ha visto seriamente menguada, la oposición promueve con mucho acierto la verdad involucionista del régimen y se sostiene en el tablado electoral sobre la base de presentar rostros frescos que, gracias a esta nueva visión y el apoyo de la prensa, contarán con un sustento importante.
Visto de este modo, el pueblo venezolano pone hoy su prioridad de atención sobre aquellos líderes que han logrado demostrar con éxito su desvinculación de un pasado político lleno de vicios e irregularidades. Esta posición no deja de guardar graves yerros como los que resultan de desdeñar olímpicamente de la experiencia. En el extremismo por el no retorno, la dirigencia luce más dispuesta a presentar candidaturas de jóvenes inexpertos que, si bien pudieran hacer honor al esperado cambio, también pudieran hacer mucho estropicio si se les permite conducir un cargo y aprender política bajo el método de ensayo y error.
La relatividad de las edades en política llega al extremo de considerar a cualquier dirigente de cuarenta y tantos como demasiado joven para el ejercicio de ciertas responsabilidades públicas; así parece considerarlo el poder constituyente al exigir como requisito para optar por el cargo de Presidente de la República la edad mínima de treinta años. También debe considerarse que a esta cuestión etaria se le suman innumerables ejemplos a nivel mundial y dentro de los que caben mencionar el desastroso primer gobierno de Alan García en Perú, la disminuida popularidad de Barack Obama en Estados Unidos, y la gran guinda de este pastel: el mismísimo Hugo Rafael Chávez Frías*.
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*Hugo Chávez, con cuarenta y cuatro años de edad para el momento de haber sido electo, se convirtió en el presidente más joven en toda la historia de Venezuela.
En el mundo las realidades políticas aportan múltiples ejemplos de la relatividad en la percepción del tiempo. Legislación, prensa y cuerpos votantes configuran, conjunta o alternativamente, diversas reglas para los procesos electorales que van relacionadas con la condición etaria de los postulantes, en atención a la tradicional valoración de peso sobre la experiencia.
Para cualquier aspirante a actor político, confesar prematuramente sus intenciones pudiera resultarle fatal; si el ambiente es demasiado hostil la competencia podría cortarle la iniciativa de raíz y condenarle al olvido con el empleo de todos los recursos a su alcance. En escenarios menos agrestes, a los adelantados se les obliga a esperar por el merecimiento a su apoteosis política, bien porque la razón dicta que un buen adversario podría terminar convirtiéndose en un buen aliado, o bien porque, más allá de cualquier aprovechamiento directo, toda dinámica sana exige que sus actores cuenten con cierto conocimiento previo.
El caso venezolano escapa del supuesto descrito por diferentes razones, tantas que harían exceder el espacio dispuesto para esta reflexión, por lo que habremos de concentrarnos sobre las más importantes.
En primer lugar debe hacerse mención que, independientemente de la edad cronológica o profesional que se tenga, en Venezuela el advenedizo encontrará la mayor de las veces poca receptividad del electorado, por lo que si no cuenta con el conveniente auxilio de los dueños de medios, su capital en votos tendrá un saldo negativo. Aparte de las soluciones obvias a esta circunstancia —como la mediática—, los recién llegados tienen siempre la oportunidad de elevarse por la estrategia del liderazgo impuesto: dejar que su aspiración sea canalizada con la visión política de un líder o partido con una imagen sólida para producir aceptación.
Esta elevación o gracia de popularidad automática es posible identificarla en la manifestación pública de los noveles políticos de entonces por querer plegarse a la causa de Hugo Chávez en 1998, quien al tiempo prometía un cambio esperanzador en la realidad venezolana y gozaba del apoyo casi unánime de los medios de comunicación social. En adición a ello, su discurso representó una variación importante en la percepción del electorado: logró etiquetar a la vieja dirigencia política como un cuerpo partidario viciado, atrasado y corrupto al que había que superar mediante la implementación de un nuevo sistema democrático participativo y protagónico. La poca razón contenida en esa visión fue acogida y, como ya se dijo, una vez que el cambio fue representado por Chávez, todo el que no manifestó apoyo a su proyecto fue considerado como un agente repetidor de ese pasado oscuro que había que dejar atrás.
Ya que no existe nada escrito en temas políticos, el discurso divisionista ha terminado por perjudicar al propio chavismo. En la medida en que sus adversarios —cada vez mayores— convenzan a la población de que este proyecto no ha sido jamás un adelanto sino una regresión escandalosa a las viejas prácticas y que sus colaboradores han devenido en ser más de lo mismo con diferente disfraz, se harán con el favor electoral de todos aquellos que aún esperan por los cambios prometidos.
La idea dada por Chávez sobre el pasado democrático ha sido tan contundente que aún cierne sus efectos entre oficialistas y disidentes con la misma intensidad: todos los venezolanos conservan un compromiso fiel de no retorno. En el escenario actual en el que la popularidad del chavismo se ha visto seriamente menguada, la oposición promueve con mucho acierto la verdad involucionista del régimen y se sostiene en el tablado electoral sobre la base de presentar rostros frescos que, gracias a esta nueva visión y el apoyo de la prensa, contarán con un sustento importante.
Visto de este modo, el pueblo venezolano pone hoy su prioridad de atención sobre aquellos líderes que han logrado demostrar con éxito su desvinculación de un pasado político lleno de vicios e irregularidades. Esta posición no deja de guardar graves yerros como los que resultan de desdeñar olímpicamente de la experiencia. En el extremismo por el no retorno, la dirigencia luce más dispuesta a presentar candidaturas de jóvenes inexpertos que, si bien pudieran hacer honor al esperado cambio, también pudieran hacer mucho estropicio si se les permite conducir un cargo y aprender política bajo el método de ensayo y error.
La relatividad de las edades en política llega al extremo de considerar a cualquier dirigente de cuarenta y tantos como demasiado joven para el ejercicio de ciertas responsabilidades públicas; así parece considerarlo el poder constituyente al exigir como requisito para optar por el cargo de Presidente de la República la edad mínima de treinta años. También debe considerarse que a esta cuestión etaria se le suman innumerables ejemplos a nivel mundial y dentro de los que caben mencionar el desastroso primer gobierno de Alan García en Perú, la disminuida popularidad de Barack Obama en Estados Unidos, y la gran guinda de este pastel: el mismísimo Hugo Rafael Chávez Frías*.
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*Hugo Chávez, con cuarenta y cuatro años de edad para el momento de haber sido electo, se convirtió en el presidente más joven en toda la historia de Venezuela.



