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10 de febrero de 2010

El Tiempo en Política

Todas las cuestiones humanísticas determinan al tiempo como una entidad de carácter relativo. En cada fenómeno en el que participe el pensamiento humano, el flujo del tiempo parece obrar de forma distinta y dependiendo de lo que trate, veinte años pudieran parecer mucho lo mismo que un siglo podría no significar nada.

En el mundo las realidades políticas aportan múltiples ejemplos de la relatividad en la percepción del tiempo. Legislación, prensa y cuerpos votantes configuran, conjunta o alternativamente, diversas reglas para los procesos electorales que van relacionadas con la condición etaria de los postulantes, en atención a la tradicional valoración de peso sobre la experiencia.

Para cualquier aspirante a actor político, confesar prematuramente sus intenciones pudiera resultarle fatal; si el ambiente es demasiado hostil la competencia podría cortarle la iniciativa de raíz y condenarle al olvido con el empleo de todos los recursos a su alcance. En escenarios menos agrestes, a los adelantados se les obliga a esperar por el merecimiento a su apoteosis política, bien porque la razón dicta que un buen adversario podría terminar convirtiéndose en un buen aliado, o bien porque, más allá de cualquier aprovechamiento directo, toda dinámica sana exige que sus actores cuenten con cierto conocimiento previo.

El caso venezolano escapa del supuesto descrito por diferentes razones, tantas que harían exceder el espacio dispuesto para esta reflexión, por lo que habremos de concentrarnos sobre las más importantes.

En primer lugar debe hacerse mención que, independientemente de la edad cronológica o profesional que se tenga, en Venezuela el advenedizo encontrará la mayor de las veces poca receptividad del electorado, por lo que si no cuenta con el conveniente auxilio de los dueños de medios, su capital en votos tendrá un saldo negativo. Aparte de las soluciones obvias a esta circunstancia —como la mediática—, los recién llegados tienen siempre la oportunidad de elevarse por la estrategia del liderazgo impuesto: dejar que su aspiración sea canalizada con la visión política de un líder o partido con una imagen sólida para producir aceptación.

Esta elevación o gracia de popularidad automática es posible identificarla en la manifestación pública de los noveles políticos de entonces por querer plegarse a la causa de Hugo Chávez en 1998, quien al tiempo prometía un cambio esperanzador en la realidad venezolana y gozaba del apoyo casi unánime de los medios de comunicación social. En adición a ello, su discurso representó una variación importante en la percepción del electorado: logró etiquetar a la vieja dirigencia política como un cuerpo partidario viciado, atrasado y corrupto al que había que superar mediante la implementación de un nuevo sistema democrático participativo y protagónico. La poca razón contenida en esa visión fue acogida y, como ya se dijo, una vez que el cambio fue representado por Chávez, todo el que no manifestó apoyo a su proyecto fue considerado como un agente repetidor de ese pasado oscuro que había que dejar atrás.

Ya que no existe nada escrito en temas políticos, el discurso divisionista ha terminado por perjudicar al propio chavismo. En la medida en que sus adversarios —cada vez mayores— convenzan a la población de que este proyecto no ha sido jamás un adelanto sino una regresión escandalosa a las viejas prácticas y que sus colaboradores han devenido en ser más de lo mismo con diferente disfraz, se harán con el favor electoral de todos aquellos que aún esperan por los cambios prometidos.

La idea dada por Chávez sobre el pasado democrático ha sido tan contundente que aún cierne sus efectos entre oficialistas y disidentes con la misma intensidad: todos los venezolanos conservan un compromiso fiel de no retorno. En el escenario actual en el que la popularidad del chavismo se ha visto seriamente menguada, la oposición promueve con mucho acierto la verdad involucionista del régimen y se sostiene en el tablado electoral sobre la base de presentar rostros frescos que, gracias a esta nueva visión y el apoyo de la prensa, contarán con un sustento importante.

Visto de este modo, el pueblo venezolano pone hoy su prioridad de atención sobre aquellos líderes que han logrado demostrar con éxito su desvinculación de un pasado político lleno de vicios e irregularidades. Esta posición no deja de guardar graves yerros como los que resultan de desdeñar olímpicamente de la experiencia. En el extremismo por el no retorno, la dirigencia luce más dispuesta a presentar candidaturas de jóvenes inexpertos que, si bien pudieran hacer honor al esperado cambio, también pudieran hacer mucho estropicio si se les permite conducir un cargo y aprender política bajo el método de ensayo y error.

La relatividad de las edades en política llega al extremo de considerar a cualquier dirigente de cuarenta y tantos como demasiado joven para el ejercicio de ciertas responsabilidades públicas; así parece considerarlo el poder constituyente al exigir como requisito para optar por el cargo de Presidente de la República la edad mínima de treinta años. También debe considerarse que a esta cuestión etaria se le suman innumerables ejemplos a nivel mundial y dentro de los que caben mencionar el desastroso primer gobierno de Alan García en Perú, la disminuida popularidad de Barack Obama en Estados Unidos, y la gran guinda de este pastel: el mismísimo Hugo Rafael Chávez Frías*.

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*Hugo Chávez, con cuarenta y cuatro años de edad para el momento de haber sido electo, se convirtió en el presidente más joven en toda la historia de Venezuela.

1 de febrero de 2010

¿Pobres contra ricos?

Venezuela trastoca hoy nuevamente su tensa estabilidad y para ella no hay ayuda humanitaria. Los sucesos recientes a nivel nacional han dejado en evidencia a un régimen debilitado a cargo de un no menos disminuido Hugo Chávez, quien probablemente ahora se arrepiente de haber recibido al año 2010 con una serie de devaluaciones y recortes impopulares que han llevado a la población a retomar las calles para protestar. Ante la amenaza inminente que obliga a su alteza presidencial a radicalizar su proceso revolucionario, con desesperación echa mano del viejo truco de la lucha de clases para referirse a quienes se le oponen: “Se imaginan siempre rebeliones en su cabeza. Pues, les digo que en caso de que aquí ocurriera un estallido social, en estos momentos, en dado caso, sería un levantamiento del pueblo contra ustedes, contra la oligarquía, contra esa burguesía que para tiempos del Caracazo era la que gobernaba y mandó a masacrar a un pueblo (…) el Caracazo fue una rebelión de los pobres contra los ricos, pero ahora los pobres estamos aquí, gobernando, por lo que si hubiera alguna rebelión sería de nosotros contra ustedes, oligarcas”. [1]

La historia enseña que en las guerras ideológicas el sofisma más sencillo gana el apoyo del ignorante, pero sería una ligereza afirmar que para el caso venezolano sólo una masa de desentendidos apoya a Hugo Chávez. Destacando a la importante cantidad de personas que ven en él a la mejor fuente de sus negocios particulares y apartando a los tradicionales resentidos, son pocos los que se acomodan en los anaqueles del encéfalo la cantinela de que ser rico es malo. La mentira del conflicto entre ricos y pobres se emplea actualmente como una vil excusa por aquellos que nunca tuvieron ni pudieron aspirar a nada porque su pereza siempre excedió a su voluntad y hoy se avergüenzan de reconocer que han sido culpables de su propia miseria. A estos rentistas cuyas pocas pertenencias las deben a las dádivas de gobiernos anteriores y a la política manirrota del actual gobierno, la palabra pobre les queda grande porque en su corazón nunca llevaron el menor signo de humildad y pasan sus noches embelesados con la ilusión de una pronta riqueza que irónicamente su gran líder determina como una terrible enfermedad.

Pareciera que la crisis política que nos aqueja tuviese su base en cuestiones morales y no en la cortedad de inteligencia que pudieran padecer nuestros ciudadanos. La vivacidad alcanza a todos para paladear la falsedad en el verbo del líder cuando este ataca a una supuesta oligarquía de la que nadie sabe donde está, excepto por lo que ve en este Rey de los Oligarcas cuando aparece vestido con un lujo que verdaderamente ofende. La más sencilla aspiración del más humilde de nuestros pobladores se enemista con la idea trasnochada de que la propiedad privada es un mal a erradicar.

Dicho lo anterior debe reconocerse que, a pesar de la pública falsía de Chávez y su revolución, la realidad demuestra que su figura —no necesariamente su ideario— sigue teniendo apoyo. La simple decepción no ha sido suficiente para agotar la influencia de este gran vendedor de ilusiones, toda vez que, como probablemente ya se haya dicho muchas veces, hace falta alguien que logre capitalizar las bajas en la popularidad del Comandante para que el descontento se concentre y concluya por su salida del poder —ya por los votos, ya por las armas—. Respecto del alguien faltante, ese vendría siendo el quid de la cuestión política venezolana.

Hay que advertir que el problema del faltante es difícil de manejar; siempre produce incomodidad y se arriesga demasiado cuando la crisis política requiere que se actúe partiendo de la idea de que el pueblo se comporta como una mujercita a la que hace falta enamorar para ganarse sus favores. Insinuar esta verdad costaría a cualquier actor la condena al ostracismo en los medios de comunicación social: esa gran ventana a través de la cual la mujercita ve pasar a sus enamorados.

El pretendiente que busque sustituir al galán Chávez encontrará una dura empresa al entender que la situación descrita en el párrafo anterior demanda convencer a la gente con una alternativa razonable al primitivo, pero exitoso discurso de la lucha de clases y la glorificación del pobre, un pensamiento que calza muy bien en la realidad venezolana porque a los que gozan de las mieles del poder se hace muy fácil hablar de comunismo, a los pobres que han sido siempre pobres les llena de esperanza que alguien los use como bandera y el resto de la población aguanta esta porfía, a ratos indiferente y a ratos fingiéndose indignada.

[1] Se llamó Caracazo a la serie de disturbios que tuvieron lugar en las ciudades de Caracas y Guarenas durante los días 27 y 28 de febrero de 1989 durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Cientos de establecimientos comerciales fueron saqueados. La cantidad oficial de fallecidos se estimó en 276.

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MORALES-LOAIZA, Alejandro. Título de la publicación. Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza. Año. [En línea]. Puesto en línea el (fecha de publicación). URL: http://alejandromoralesloaiza.blogspot.com/..../ Consultado el (fecha de consulta).

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