La homofobia, conocida como la aversión u odio que puede experimentar una persona o grupo de personas hacia otras homosexuales, bisexuales o transexuales, por considerarse una conducta reprobable dentro de cualquier sociedad civilizada, debe evitarse a toda costa. Rechazar un comportamiento de esta naturaleza, el cual pertenece al conocido grupo de las agresiones de odio (fundadas en diferencias de sexo, raza, credo o condición socioeconómica), determina sin duda un avance en la consolidación de las relaciones pacíficas entre los ciudadanos.
No obstante las intenciones son loables en lo que refiere al repudio de las manifestaciones de odio, el asunto viene a mal cuando en estas protestas se termina por reproducir lo mismo que se pretende combatir. Si imaginamos a una minoría étnica que protesta contra la discriminación racial, bastaría que dentro de su reclamo se elevase algún insulto contra cualquier otro grupo para que el fundamento de su protesta quede desvirtuado. Decir, por ejemplo, que todos los hombres blancos anglosajones son culpables del racismo en el mundo, sería caer por simpleza en un grave equívoco que en nada contribuiría a la solución del problema que se ha pretendido denunciar; antes por el contrario, lo agravaría.
Es de este modo que algunas buenas causas resultan mal defendidas. Cuando en una protesta contra la homofobia se concluye por lanzar agravios a la Iglesia Católica —o a cualquier otra denominación religiosa—, se hace muy poco por afianzar la paz sobre las diferencias.
Por la propia ferocidad con la que pugnan algunos dirigentes de la comunidad homosexual* en sus protestas, no es raro el caso de que sean algunos creyentes quienes terminen por sentirse marginados o perseguidos. Católicos, judíos, musulmanes y demás miembros de confesiones religiosas, tienen igual derecho a asumir públicamente y con orgullo su condición y sus creencias, sin que por ello tengan que soportar que se les califique de retrógrados, ignorantes o alienados. Cuando se tiene una posición que defender, lo peor que puede hacerse es optar por la descalificación.
En el caso de los ataques a la religión, bastante común es que se recurra a la descalificación histórica; algo que conduce a la agresión antes que a la concordia. Incluso en medio de las discusiones más sosegadas, siempre hay quien se valga de mostrar la lista de errores de la religión para dar cumplimiento a una táctica anacrónica que busca desmoralizar al contrario antes que presentarle argumentos. Así, sería absurdo que las naciones latinoamericanas señalasen hoy a España por los oprobios cometidos en el proceso de colonización. Lo mismo ocurriría con la voluntad patética de pretender culpar a todo judío por la muerte de Jesús de Nazaret. Si se quiere llegar a a la solución efectiva de problemas serios como los crímenes de odio, es necesario partir de críticas reales y oportunas.
Entre las diversas denominaciones religiosas —algunas de las cuales pasan convenientemente inadvertidas sobre el tema de la homosexualidad—, en Venezuela el catolicismo recibe el mayor número de señalamientos por parte de los grupos activistas, bien porque sus autoridades se han dado a la tarea de pronunciarse abiertamente al respecto y porque la mayoría de los venezolanos declara ser de vocación católica.
“2358 Un número apreciable de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente radicadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianos, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición”.
(Catecismo de la Iglesia Católica).
Aún y cuando es comedida la forma en que la Iglesia Católica fija postura sobre la materia, todavía hay quien se ofenda por considerar que ésta encierra una insoportable conmiseración. Si bien la posición del activismo homosexual se extiende a señalar como intolerancia a la más mínima mirada de piedad, lo cierto es que no puede exigir a las confesiones religiosas el reconocimiento en sus instituciones de comportamientos sexuales distintos de lo que tradicional y dogmáticamente éstas han estimado como natural. Esa perspectiva debe respetarse si luego se quiere exigir respeto.
* A los efectos del presente artículo, el término “comunidad homosexual” se extiende a todas las agrupaciones de la liga LGBT (Lesbian, Gay, Bisexual, Transgender, por sus siglas en inglés).



