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31 de mayo de 2010

Toleras tú, tolero yo

En días pasados la ciudad de Caracas fue testigo de una pequeña protesta contra la homofobia. Dentro de una larga serie de manifestaciones por la interrupción en el servicio eléctrico, la escasez de alimentos, la delincuencia desatada y demás flagelos de la sociedad venezolana moderna, diferentes asociaciones políticas y de derechos humanos tomaron oportunidad de elevar su voz a favor de la igualdad y la no discriminación por razones de tendencia o preferencia sexual.

La homofobia, conocida como la aversión u odio que puede experimentar una persona o grupo de personas hacia otras homosexuales, bisexuales o transexuales, por considerarse una conducta reprobable dentro de cualquier sociedad civilizada, debe evitarse a toda costa. Rechazar un comportamiento de esta naturaleza, el cual pertenece al conocido grupo de las agresiones de odio (fundadas en diferencias de sexo, raza, credo o condición socioeconómica), determina sin duda un avance en la consolidación de las relaciones pacíficas entre los ciudadanos.

No obstante las intenciones son loables en lo que refiere al repudio de las manifestaciones de odio, el asunto viene a mal cuando en estas protestas se termina por reproducir lo mismo que se pretende combatir. Si imaginamos a una minoría étnica que protesta contra la discriminación racial, bastaría que dentro de su reclamo se elevase algún insulto contra cualquier otro grupo para que el fundamento de su protesta quede desvirtuado. Decir, por ejemplo, que todos los hombres blancos anglosajones son culpables del racismo en el mundo, sería caer por simpleza en un grave equívoco que en nada contribuiría a la solución del problema que se ha pretendido denunciar; antes por el contrario, lo agravaría.

Es de este modo que algunas buenas causas resultan mal defendidas. Cuando en una protesta contra la homofobia se concluye por lanzar agravios a la Iglesia Católica —o a cualquier otra denominación religiosa—, se hace muy poco por afianzar la paz sobre las diferencias.

Por la propia ferocidad con la que pugnan algunos dirigentes de la comunidad homosexual* en sus protestas, no es raro el caso de que sean algunos creyentes quienes terminen por sentirse marginados o perseguidos. Católicos, judíos, musulmanes y demás miembros de confesiones religiosas, tienen igual derecho a asumir públicamente y con orgullo su condición y sus creencias, sin que por ello tengan que soportar que se les califique de retrógrados, ignorantes o alienados. Cuando se tiene una posición que defender, lo peor que puede hacerse es optar por la descalificación.

En el caso de los ataques a la religión, bastante común es que se recurra a la descalificación histórica; algo que conduce a la agresión antes que a la concordia. Incluso en medio de las discusiones más sosegadas, siempre hay quien se valga de mostrar la lista de errores de la religión para dar cumplimiento a una táctica anacrónica que busca desmoralizar al contrario antes que presentarle argumentos. Así, sería absurdo que las naciones latinoamericanas señalasen hoy a España por los oprobios cometidos en el proceso de colonización. Lo mismo ocurriría con la voluntad patética de pretender culpar a todo judío por la muerte de Jesús de Nazaret. Si se quiere llegar a a la solución efectiva de problemas serios como los crímenes de odio, es necesario partir de críticas reales y oportunas.

Entre las diversas denominaciones religiosas —algunas de las cuales pasan convenientemente inadvertidas sobre el tema de la homosexualidad—, en Venezuela el catolicismo recibe el mayor número de señalamientos por parte de los grupos activistas, bien porque sus autoridades se han dado a la tarea de pronunciarse abiertamente al respecto y porque la mayoría de los venezolanos declara ser de vocación católica.
“2358 Un número apreciable de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente radicadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianos, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición”.
(Catecismo de la Iglesia Católica).

Aún y cuando es comedida la forma en que la Iglesia Católica fija postura sobre la materia, todavía hay quien se ofenda por considerar que ésta encierra una insoportable conmiseración. Si bien la posición del activismo homosexual se extiende a señalar como intolerancia a la más mínima mirada de piedad, lo cierto es que no puede exigir a las confesiones religiosas el reconocimiento en sus instituciones de comportamientos sexuales distintos de lo que tradicional y dogmáticamente éstas han estimado como natural. Esa perspectiva debe respetarse si luego se quiere exigir respeto.

* A los efectos del presente artículo, el término “comunidad homosexual” se extiende a todas las agrupaciones de la liga LGBT (Lesbian, Gay, Bisexual, Transgender, por sus siglas en inglés).

9 de mayo de 2010

Los nuevos vasallos

Por la calle tradicionalmente sucia y enmontada se ve pasar unos hombres con escobas, machetes y palas. Limpian nerviosamente la acera y la libran de yerbajos como si la vida les fuera en ello; les acompañan otros hombres que con brocha gorda tiñen de amarillo los bordes. Mientras esto sucede, la gente mira curiosa y se imagina que algo importante debe acercarse; tanto apuro en adecentar una vía olvidada sólo puede significar el arribo de algo grande.

Pronto se oyen rumores de la llegada del gobernador: un muchacho de buenas intenciones que, con los naturales tropiezos de la inexperiencia, hace oposición al gobierno chavista por la ausencia de su predecesor. Aprendió a gobernar de la manera en que le enseñó la política venezolana y por ello busca la autopromoción hasta en el gesto más ínfimo. Aunque desdeña olímpicamente de la política populista de Hugo Chávez, él sabe que algunos votos hay que conseguirlos con buena propaganda.

Cuando se confirma la visita del mandatario regional, en el barrio crece un ánimo de fiesta. Las gentes humildes preparan sus cartitas como los niños en diciembre para que el gobernador las lea y pueda mejorar sus vidas de alguna manera. El gobernador trae consigo esperanza, una esperanza de papel alimentada por la ilusión de esta década en la que los líderes hacen todo por el pueblo y el pueblo hace poco por sí mismo.

La calle una vez limpia se llena de globos y adornos festivos. Todos lucen sus mejores galas para ir a ver de cerca al gobernador; la expectación aumenta cuando pasan los primeros vehículos de su comitiva. Unas calles más abajo, en una urbanización cercana, se asoma una señora a la ventana de su casa. Intenta ver pasar al líder con pueril entusiasmo y la inocencia que comparte con la gente de las clases desposeídas en este país de todos. Su hijo, que la observa largamente con marcado desgano, se atreve a reprochar:
—No entiendo qué tiene de importante que el gobernador venga a pasearse en un barrio de estos y que tú salgas como una boba para ir a hacerle comparsa. Ahí tienes a toda esa gente que le aclama como un héroe por haber arreglado un par de calles—.
La señora, con cierto orgullo, contesta:
—Pues esa gente debe estar muy agradecida de que ese señor las haya compuesto—.
El hijo sonríe y agrega:
—Entonces déjame decirte, madre, que gente como ésa y como tú merecen tener a Hugo Chávez de presidente por muchos años más. Por un momento me has hecho recordar a todos esos viejitos que, mientras sufren al hacer cola para cobrar una miserable pensión, celebran estar recibiéndola "gracias a la buena obra del Comandante"—.
Súbitamente observa cómo a su madre se le descompone el semblante con la simple mención del personaje al que odia tanto. Maldiciéndose por su exceso de franqueza, decide terminar con su idea:
—Este país saldrá de su condena el día en que las personas entiendan que sus gobernantes son empleados y no amos, el día que entiendan que es obligación del alcalde, del gobernador, del presidente, ¡del funcionario a quien competa!, hacer que las cosas funcionen y que todo ciudadano está en el sagrado derecho de exigir tal cosa por cualquier medio a su alcance—.

—No merece gratitud aquel que ha cumplido con su deber; los favores se agradecen en tanto que el trabajo siempre se paga
¿No crees, querida madre, que nuestros gobernantes no tienen suficiente gratificación en sus salarios como para que sumemos a ello nuestra servil adulación?—.

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MORALES-LOAIZA, Alejandro. Título de la publicación. Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza. Año. [En línea]. Puesto en línea el (fecha de publicación). URL: http://alejandromoralesloaiza.blogspot.com/..../ Consultado el (fecha de consulta).

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En el Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza, se ha puesto especial cuidado en cambiar el formato de su contenido de alineación justificada a alineación izquierda. De este modo, las personas con discapacidad podrán apreciar más cómodamente los diferentes artículos y reflexiones.