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31 de diciembre de 2010

De antología: De la Nueva Era en el Mercado de los Juegos en Red

Nota del autor: Empecé a escribir a los diecisiete años, con tímidas consideraciones sobre la incipiente tragedia nacional y algunas otras notas sobre la vida y naturaleza de las cosas. Con muchos escritos rechazados —todo comienzo es difícil—, llegué a abrir en 2004 un espacio en el que publicaba algunos de estos artículos negados a la luz. El primero de una larga serie es el que a continuación transcribo y que data de diciembre del mismo año. 

(Debo reconocer que en aquel tiempo solía ser mucho más moralista que ahora, con la ironía para mis lectores de ver a un muchacho de tan corta edad hablar de "nuestros hijos", cual si se tratase de un padre abnegado).

 “–Como ves –prosiguió el hombre gris–, es muy sencillo. Sólo hace falta tener más y más cada vez, entonces no te aburres nunca…” Michael Ende, Momo.

Durante los recientes años el crecimiento en el mercado de los videojuegos ha sido más que sorprendente, de especial manera en el área de los juegos a través de Internet. Con las innovaciones de entretenimiento que salen al público, cada vez se hace igualmente necesaria la creación de políticas de mercado que con buena estrategia logran vender hasta lo impensable. Esto en la actualidad resulta el quid de los juegos en Red.

(…)

Juegos al estilo de Gunbound (en el que los usuarios tienen cañones fijados en la tierra con el objeto de calcular disparos para lograr destruir al cañón del contrario) han existido desde los primeros juegos por ordenador, y su estructura hace evocar en algunos al popular juego de cañones que venía para la versión 3.1 de Microsoft Windows. Si comparamos, el desempeño de ambos juegos es casi idéntico, pero sigue latente la pregunta de por qué la versión moderna del viejo juego de cañones satisface en forma más extendida la demanda. Si el lector afirma que "lo nuevo vende", cabe preguntarse si existe alguna novedad de fondo en estos videojuegos.

En las antiguas versiones el jugador sólo debía limitarse a calcular los grados, la intensidad y la acción del viento para alcanzar la meta de un certero disparo al cañón del contrario; en la versión Gunbound se utiliza básicamente la misma dinámica pero con el añadido de unas grandes estrategias de mercadeo, que tratarán de explicarse en lo sucesivo:

1. Personalización e identificación de la máquina y el jugador. Al ser un videojuego de libre acceso a través de la Red, queda abierta la experiencia al usuario de relacionarse con gente de cualquier lugar del planeta y dar rienda suelta a su instinto natural de competencia. Existe registro gratis de Gunbound en distintos portales en los cuales se pueden crear cuentas de jugadores, que dan vida a seres virtuales individualizados con los que se hará frente a los millones de oponentes repartidos en el resto del mundo y así ir adquiriendo fama de acuerdo a las pertenencias y habilidades. Dentro de esta socialización ficticia se incluye la oportunidad de formar clanes, compartida con otros vídeojuegos como Mu o Counter Strike, que constituyen verdaderas agrupaciones de personas cuyo objetivo es el de colaborar en batalla y hacerse de un grupo bélico reconocido por un número importante de jugadores. Lo curioso de todo es que haya desaparecido la noción —obsoleta quizá—, de la palabra “equipo”, ahora, con la denominación de “clan”, pareciera que la dinámica del juego se desarrollase sobre la consigna de “el primitivismo vende”. Pero un primitivismo más de fondo que de forma: los tres títulos mencionados circulan gracias a la alta tecnología, pero en su base encierran instintos primitivos de muerte, supervivencia e identificación grupal.

2. Profundización de una tendencia nociva al consumismo. En el juego original, las batallas se desarrollaban con cañones estáticos con muchas limitaciones; en Gunbound, cada máquina de batalla posee habilidades y efectos visuales distintos. Pero además existe: a) La posibilidad de hacer dinero en el juego, uno tipo oro y el otro en efectivo por cada batalla victoriosa; b) La posibilidad de, con el dinero reunido, tener acceso al mercado de "avatares", un amplio mercado de accesorios para la maquinita, que le permitirá al usuario complacer sus exigencias de desenvolvimiento en el juego y el mejoramiento de su propia apariencia, con lo que buscará lucir más poderoso que los contrarios y sentirse en satisfacción de que sus posesiones generarán envidia.

Es este el más patético ejemplo de productos que crean falsas necesidades en la colectividad: objetos virtuales que logran que los jugadores (especialmente niños), permanezcan horas enteras frente al ordenador, con valioso tiempo y dinero perdidos.

¿Es esto lo peor que puede suceder? No. Al mercado de videojuegos actual no le conviene una relación de lucro tan indirecta con los consumidores, por lo que no hay nada mejor para solucionar el problema que la creación, distribución y venta de tarjetas de dinero virtual Gunbound a precios de dinero real, contante y sonante. En el caso de Venezuela, cada tarjeta tiene un valor actual de Bs. 23.000,00 (V. 2004), y trae consigo unas diez mil unidades de dinero virtual. Si se considera que existen "avatares" que superan las veinte mil unidades de dinero, más unas cuantas unidades de oro (que sólo se consiguen por cada batalla), se puede concluir que la gente detrás del jueguito le interesa obtener de usted —y a través de sus hijos, principalmente— todo su tiempo y su dinero. (…)

Por otro lado y como ya se dijo, existe la posibilidad de acumular experiencia. Al igual que en la vida real, dentro del juego se acumula experiencia con cada batalla, con la salvedad de que en este último caso la experiencia es determinable en unidades “P”. Al obtener ciertos niveles de esta experiencia virtual, se otorga al jugador la posibilidad de acceder a una máquina de destrucción más sofisticada, sirva decir, de mayor poder y habilidad, aunado al escalamiento de rangos en el juego, que afianza la tendencia natural del humano a la superioridad sobre el resto. Fuentes encuestadas establecen como sistema de medición que tres meses de juego constante (unas diez horas a la semana) equivalen a mil unidades de experiencia o "P". La última máquina del juego, la cual tiene la particular forma de un dragón, se libera al llegar alrededor de las trescientas mil unidades “P”. (No se busca fastidiar al lector haciendo cálculos que confirmen lo dicho, pero con esto, cuenta ya con todos los datos para hacer su propia suma y conocer lo que pierden sus hijos en el mundo virtual).

La última moda en Gunbound es la comercialización de las cuentas virtuales. Algunos usuarios conscientes del excesivo gasto (en tiempo y dinero) que representa su dedicación al juego, al llegar a niveles óptimos de experiencia, oro y dinero, optan vender a los más incautos su propio personaje virtual con todas sus pertenencias por precios que en la actualidad (2004) han llegado al orden de los cien mil y doscientos mil bolívares por cuenta. Si el lector realizó el cálculo del párrafo anterior, podrá estimar si el vendedor recupera efectivamente con la venta el tiempo y dinero invertidos.

Si se analizan otros títulos, se encontrará que la situación es delicadamente similar. Todos ofrecen la oportunidad de hacerse el héroe o ser el malo de la película en una realidad alterna, donde cada cual puede dar rienda suelta a sus problemas existenciales o traumas de infancia y descargarlos con una ráfaga de metralla en el “enemigo”. Conviene destacar que en algunos casos el odio irracional trasciende del mundo virtual y repercute seriamente en el real, con casos que han terminado en las lesiones personales y el homicidio.

Bástese con visitar cualquiera de los miles de establecimientos de juegos en Red del país para presenciar una constante en ausencia de paz. Instrucciones, chanzas y hasta insultos viajan a viva voz en los reducidos espacios de computación, lo que convierte el lugar en un verdadero caos. Aunque la mayoría de estos juegos garantiza la interacción con el entorno por medio de la palabra escrita, la misma se reduce a un intercambio de símbolos y frases cortadas de usual sentido malsonante. (…)

¿Conviene a nuestros hijos gastar su tiempo  —y nuestro dinero— en un mundo virtual del cual pocos beneficios obtienen, que inspira antivalores y que alimenta una visión torcida de la competencia? (…)

15 de diciembre de 2010

Crónica de un aprendiz de líder

Hace un par de años tuve la oportunidad de participar en un curso de liderazgo. Sobre la premisa de que el líder se forma de la teoría y la práctica, se organizó un programa de tres meses en el que a un selecto grupo de jóvenes se le impartirían técnicas para el mejor desarrollo de las habilidades propias de cualquier dirigente.

En aquel tiempo, para finalizar el curso se había preparado una visita a una hacienda: una especie de campamento de dos días dentro de los cuales los recién formados líderes serían probados física y psicológicamente para medir las destrezas adquiridas.

El primer día del campamento fue agotador. Comenzó con un largo viaje desde la capital hasta una finca de lujo en el occidente del país; las siete horas de trayecto se hicieron eternas en el asiento del autobús. Al llegar al sitio, acomodados, distribuidos y mejor dispuestos, se iniciaron las pruebas.

Todas las actividades se desarrollaban con base en la competencia y el trabajo en equipo; los líderes se veían obligados a juntarse con desconocidos con una finalidad bastante obvia: demostrar ser los mejores.

Al final de la primera jornada, puesta una fogata en el medio del lugar, nos reunimos para intercambiar impresiones sobre lo dicho y hecho en la hacienda. Esta no fue una actividad espontánea; formaba parte del itinerario que cada grupo eligiera un vocero para dar su opinión sobre las lecciones dadas.

Dentro de estos grupos, que hacían un conjunto bastante numeroso, se encontraban conocidos líderes políticos y destacados personajes de medios. Cada uno brillaba con luz propia y curiosamente habían sido distribuidos de modo tal que ninguno opacase al otro… Solo al resto. Era evidente que casi todos resultarían electos para hablar en nombre de su colectivo.

La actividad comenzó y el mensaje de los oradores estuvo dirigido a responder a la pregunta de cómo se veían a sí mismos y al país en los siguientes diez años. Las palabras eran elegidas con cuidado, su verbo era seductor y su gesto grandilocuente. Algunos se esforzaban en mostrar optimismo y buen humor para ganarse la empatía de una masa que aumentaba en desgano. No dudo que todos pusieron su mayor empeño por presentar un futuro bonito y prometedor —primero para ellos y luego para el país, claro está—.

Al momento de la enésima proclama frente a la fogata, lidiando con la impiedad de los mosquitos, abatido por el cansancio y con la cercanía de la medianoche, tuve mi propia epifanía de liderazgo. Caí en cuenta de que las penurias del público pasaban inadvertidas ante la mirada de los discursistas; para ellos, la presente solo era otra oportunidad de sentirse importantes al hablar frente una masa anónima.

En el desarrollo de los discursos —cada uno entremezclado con ideas egocéntricas e irreales sobre la nación y el entorno—, el ojo atento podía contemplar a un auditorio compuesto en mayor parte por jóvenes padeciendo de embriaguez onírica, una minoría visceralmente atenta y un reducto de individuos que iban muy ocupados pensando en lo que habrían de decir cuando llegara su momento.

Entre los presentes reinaba el sueño y el fastidio. En un pequeño grupo, un poco retirado del improvisado escenario, alguno hablaba de su vida sexual mientras dejaba atrás al orador de turno. Una mirada reprobadora de una señora entrada en años logró finalmente callar al imprudente… Confieso que me gustaba más su historia.

El rictus furibundo de la señora y el silencio inmediato del cuentista, me trasladaron al lugar del líder. Yo, que había pasado sin pena ni gloria en aquellos días, habiendo disfrutado aquí y allá de las veleidades del curso y de la cautivadora presencia femenina, descubrí mi oportunidad de liderar sin necesidad de dar sermones; rápidamente reuní a mis compañeros de habitación y con mucha sobriedad, dije en voz baja: “No me aguanto esto. Me voy al cuarto. Síganme los buenos”. Dicho esto, el grupo convino en mis palabras y huyó furtivamente en busca de descanso

Al día siguiente nos enteramos que la sesión de discursos se había prolongado hasta las dos de la mañana ¡Todos limitados a cuatro horas de sueño por masajear el ego a unos cuantos! Admito que me indigné un poco, pero lo hice aún más cuando pensé en que este podría ser el liderazgo del futuro: gente que discursea y hace gloria de sí misma en tanto que ignora las necesidades del resto; una triste continuidad del liderazgo del presente.

¿Cuántos de nosotros no estamos hartos de ver a nuestros líderes hablar, mientras el pueblo muere de mengua?

10 de diciembre de 2010

El Wikidrama - II

De vez en cuando el héroe pasa a ser villano. Tal y como se anunciara en la primera entrega de estas reflexiones, muy temprano el gobierno venezolano ha tenido su wikidrama y ha resultado herido. Ahora Julian Assange es, en la santa boca del presidente, una basura y toda su obra es maléfica. ¡Qué rápido le cambia el criterio al máximo líder!

— ¿Esa inconstancia no te vuelve un poco hipócrita a ti también, Hugo?

En la medida en que los más de doscientos cincuenta mil cables de la diplomacia norteamericana son revisados por la prensa internacional, se ponen cada vez más en evidencia los idilios de la revolución chavista con el castro-comunismo y la correspondiente preocupación de los vecinos dolientes. Con la traición de Wikileaks, Hugo Chávez descubre que la tira de hule barato que sostenía su máscara es la misma que usaban en el Imperio cuando se desató el escándalo y él lo celebró.

Pero a diferencia de la administración yanqui, el soberbio comandante no acostumbra ofrecer disculpas a nadie y ya ha girado instrucciones para asegurarse por vía legal de que en sus negocios sucios las fugas se minimicen. La solución más viable para la perspectiva del gobierno es echar mano de los servicios informáticos para filtrar la información y ajustarla a conveniencia.

— Ya que no podemos evitar que la información se escape, procuremos que no regrese.

Si existe una virtud que destaca en este país de todos, es que siempre se puede encontrar a alguien dispuesto a arrastrarse más que el resto en la búsqueda de algún favor (económico, político o sexual). Esta es una verdad que aunque incómoda, sella nuestras historias cíclicas de caudillos dementes y jalabolas fervorosos. Por obra de esta realidad es que hoy existe nuestra Asamblea Nacional, un colegio parlamentario nominalmente deliberante y esencialmente prostituido, que aprueba en tiempo récord la reforma a la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión (Ley Resorte) para complacer el capricho del líder revolucionario de extender la censura a Internet.

Este giro legislativo se ejecuta sobre la base de un mayor control para proteger a los ciudadanos (al mejor estilo de 1984 o Fahrenheit 451), de imitadores criollos del catirrucio Assange y especialmente por la convicción patria de que los arrastrados que hoy te acompañan, mañana podrían dejarte para arrastrarse sobre otras arenas.

De acuerdo con la Reforma de la Ley Resorte, los castigos no quedarán únicamente para casos como el de Wikileaks: todas las penas aplicables a lo que el gobierno considera un abuso en el ejercicio de la libertad de expresión en radio y televisión, serán ajustadas a las conductas que tengan aparición en la Red, y por tanto, todo lo que a criterio de la autoridad produzca un “grave daño social”, será susceptible de ser sancionado y penado. Esto llevará a autores y administradores de sitios de Internet a limitarse en el tratamiento que puedan dar al caso venezolano, para evitar convertirse en reos de estos recién creados delitos de opinión. Para los más prosaicos, quedará abstenerse de escribir nada delicado en su cuenta de Facebook o Twitter.

3 de diciembre de 2010

El Wikidrama

La revolución bolivariana ve a su nuevo héroe mundial en la figura de Julian Assange, responsable de Wikileaks*. Las recientes filtraciones de documentos con contenido sensible, que revelan comentarios poco elegantes de la diplomacia norteamericana sobre el régimen venezolano y su primer mandatario, favorecen enormemente al delirio paranoide de este último y su afán por denunciar supuestas conspiraciones de El Imperio en su contra.

Las consideraciones sobre el caso venezolano contenidas en estos documentos, —de los que hoy pretende aprovecharse el chavismo para esgrimir una supuesta intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos de la República—, si se analizan seriamente no pasan de ser una inocentada; simples cotilleos que de haber sido públicos se hubiesen calificado a lo sumo de imprudentes, pero que al ser secretos no podrían entenderse sino como algo muy propio de la dinámica diplomática.

Quien escribe ve en la estrategia de aislamiento revelada por los cables de Wikileaks, algo similar a una recolección de firmas para sacar de la cuadra a un vecino incómodo; una campaña desarrollada con razón si se recuerda que sobre el gobierno venezolano existen más que dudas razonables sobre su vinculación con grupos terroristas vascos, islámicos y colombianos, además de su descarada colaboración con redes mundiales de narcotráfico. Si algo precisamente debería preocupar más al Presidente Chávez es que en un próximo wikidrama se revele el fondo y las circunstancias de sus amistades peligrosas.


¿Y por qué hablar de algo tan grande como un wikidrama, cuando en este país cualquier funcionario vende información confidencial por cuatro lochas**?

Por otra parte sorprende que alguien tan mal hablado como Hugo Chávez, quien acostumbra a saltarse el protocolo de la manera más chabacana posible al referirse a las autoridades extranjeras, se queje hoy de que en íntimo se le haya tratado de orate y se le haya comparado con su homólogo, el zimbabuense Robert Mugabe. Decir en privado que Chávez está loco, no es tan grave si se compara con lo dicho por éste sobre mi amiga Hilaria, a quien culpa de despreciar a Obama por discriminación racial. Es curioso que tenga tal obsesión con las Secretarias de Estado, puesto que peores cosas dijo a la negra Condoleezza en la administración Bush.

Y lo gracioso es que el líder caribeño tampoco tiene mucha moral para hablar de hipocresía en las relaciones internacionales, cuando es él quien ante la primera oportunidad corre a abrazar a los mandatarios de los que usualmente raja en sus alocuciones dominicales. De esto pueden dar fe Alan García, el propio Obama y de manera más reciente Juan Manuel Santos, “el nuevo mejor amigo de Hugo Chávez”.

Sería cosa de justicia poética que en las próximas publicaciones apareciese un cable en el que algún diplomático norteamericano recomendase al Departamento de Estado  mandar a lavarse el paltó al mandatario venezolano.


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* El portal Wikileaks (www.wikileaks.org), en su más reciente golpe a la opinión pública y en lo que sus responsables consideran un ejercicio más del derecho a la libertad de expresión, publicó más de doscientos cincuenta mil cables enviados al Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica por sus diferentes oficinas diplomáticas en el mundo y que tratan sobre diversos temas de interés general.

** Moneda antigua venezolana, con un valor equivalente a doce céntimos y medio (12 ½) o un octavo (1/8) de bolívar.

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MORALES-LOAIZA, Alejandro. Título de la publicación. Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza. Año. [En línea]. Puesto en línea el (fecha de publicación). URL: http://alejandromoralesloaiza.blogspot.com/..../ Consultado el (fecha de consulta).

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En el Cuaderno de Bitácora de Alejandro Morales-Loaiza, se ha puesto especial cuidado en cambiar el formato de su contenido de alineación justificada a alineación izquierda. De este modo, las personas con discapacidad podrán apreciar más cómodamente los diferentes artículos y reflexiones.