La historia enseña que en las guerras ideológicas el sofisma más sencillo gana el apoyo del ignorante, pero sería una ligereza afirmar que para el caso venezolano sólo una masa de desentendidos apoya a Hugo Chávez. Destacando a la importante cantidad de personas que ven en él a la mejor fuente de sus negocios particulares y apartando a los tradicionales resentidos, son pocos los que se acomodan en los anaqueles del encéfalo la cantinela de que ser rico es malo. La mentira del conflicto entre ricos y pobres se emplea actualmente como una vil excusa por aquellos que nunca tuvieron ni pudieron aspirar a nada porque su pereza siempre excedió a su voluntad y hoy se avergüenzan de reconocer que han sido culpables de su propia miseria. A estos rentistas cuyas pocas pertenencias las deben a las dádivas de gobiernos anteriores y a la política manirrota del actual gobierno, la palabra pobre les queda grande porque en su corazón nunca llevaron el menor signo de humildad y pasan sus noches embelesados con la ilusión de una pronta riqueza que irónicamente su gran líder determina como una terrible enfermedad.
Pareciera que la crisis política que nos aqueja tuviese su base en cuestiones morales y no en la cortedad de inteligencia que pudieran padecer nuestros ciudadanos. La vivacidad alcanza a todos para paladear la falsedad en el verbo del líder cuando este ataca a una supuesta oligarquía de la que nadie sabe donde está, excepto por lo que ve en este Rey de los Oligarcas cuando aparece vestido con un lujo que verdaderamente ofende. La más sencilla aspiración del más humilde de nuestros pobladores se enemista con la idea trasnochada de que la propiedad privada es un mal a erradicar.
Dicho lo anterior debe reconocerse que, a pesar de la pública falsía de Chávez y su revolución, la realidad demuestra que su figura —no necesariamente su ideario— sigue teniendo apoyo. La simple decepción no ha sido suficiente para agotar la influencia de este gran vendedor de ilusiones, toda vez que, como probablemente ya se haya dicho muchas veces, hace falta alguien que logre capitalizar las bajas en la popularidad del Comandante para que el descontento se concentre y concluya por su salida del poder —ya por los votos, ya por las armas—. Respecto del alguien faltante, ese vendría siendo el quid de la cuestión política venezolana.
Hay que advertir que el problema del faltante es difícil de manejar; siempre produce incomodidad y se arriesga demasiado cuando la crisis política requiere que se actúe partiendo de la idea de que el pueblo se comporta como una mujercita a la que hace falta enamorar para ganarse sus favores. Insinuar esta verdad costaría a cualquier actor la condena al ostracismo en los medios de comunicación social: esa gran ventana a través de la cual la mujercita ve pasar a sus enamorados.
El pretendiente que busque sustituir al galán Chávez encontrará una dura empresa al entender que la situación descrita en el párrafo anterior demanda convencer a la gente con una alternativa razonable al primitivo, pero exitoso discurso de la lucha de clases y la glorificación del pobre, un pensamiento que calza muy bien en la realidad venezolana porque a los que gozan de las mieles del poder se hace muy fácil hablar de comunismo, a los pobres que han sido siempre pobres les llena de esperanza que alguien los use como bandera y el resto de la población aguanta esta porfía, a ratos indiferente y a ratos fingiéndose indignada.
[1] Se llamó Caracazo a la serie de disturbios que tuvieron lugar en las ciudades de Caracas y Guarenas durante los días 27 y 28 de febrero de 1989 durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Cientos de establecimientos comerciales fueron saqueados. La cantidad oficial de fallecidos se estimó en 276.







