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lunes 1 de febrero de 2010

¿Pobres contra ricos?

Venezuela trastoca hoy nuevamente su tensa estabilidad y para ella no hay ayuda humanitaria. Los sucesos recientes a nivel nacional han dejado en evidencia a un régimen debilitado a cargo de un no menos disminuido Hugo Chávez, quien probablemente ahora se arrepiente de haber recibido al año 2010 con una serie de devaluaciones y recortes impopulares que han llevado a la población a retomar las calles para protestar. Ante la amenaza inminente que obliga a su alteza presidencial a radicalizar su proceso revolucionario, con desesperación echa mano del viejo truco de la lucha de clases para referirse a quienes se le oponen: “Se imaginan siempre rebeliones en su cabeza. Pues, les digo que en caso de que aquí ocurriera un estallido social, en estos momentos, en dado caso, sería un levantamiento del pueblo contra ustedes, contra la oligarquía, contra esa burguesía que para tiempos del Caracazo era la que gobernaba y mandó a masacrar a un pueblo (…) el Caracazo fue una rebelión de los pobres contra los ricos, pero ahora los pobres estamos aquí, gobernando, por lo que si hubiera alguna rebelión sería de nosotros contra ustedes, oligarcas”. [1]

La historia enseña que en las guerras ideológicas el sofisma más sencillo gana el apoyo del ignorante, pero sería una ligereza afirmar que para el caso venezolano sólo una masa de desentendidos apoya a Hugo Chávez. Destacando a la importante cantidad de personas que ven en él a la mejor fuente de sus negocios particulares y apartando a los tradicionales resentidos, son pocos los que se acomodan en los anaqueles del encéfalo la cantinela de que ser rico es malo. La mentira del conflicto entre ricos y pobres se emplea actualmente como una vil excusa por aquellos que nunca tuvieron ni pudieron aspirar a nada porque su pereza siempre excedió a su voluntad y hoy se avergüenzan de reconocer que han sido culpables de su propia miseria. A estos rentistas cuyas pocas pertenencias las deben a las dádivas de gobiernos anteriores y a la política manirrota del actual gobierno, la palabra pobre les queda grande porque en su corazón nunca llevaron el menor signo de humildad y pasan sus noches embelesados con la ilusión de una pronta riqueza que irónicamente su gran líder determina como una terrible enfermedad.

Pareciera que la crisis política que nos aqueja tuviese su base en cuestiones morales y no en la cortedad de inteligencia que pudieran padecer nuestros ciudadanos. La vivacidad alcanza a todos para paladear la falsedad en el verbo del líder cuando este ataca a una supuesta oligarquía de la que nadie sabe donde está, excepto por lo que ve en este Rey de los Oligarcas cuando aparece vestido con un lujo que verdaderamente ofende. La más sencilla aspiración del más humilde de nuestros pobladores se enemista con la idea trasnochada de que la propiedad privada es un mal a erradicar.

Dicho lo anterior debe reconocerse que, a pesar de la pública falsía de Chávez y su revolución, la realidad demuestra que su figura —no necesariamente su ideario— sigue teniendo apoyo. La simple decepción no ha sido suficiente para agotar la influencia de este gran vendedor de ilusiones, toda vez que, como probablemente ya se haya dicho muchas veces, hace falta alguien que logre capitalizar las bajas en la popularidad del Comandante para que el descontento se concentre y concluya por su salida del poder —ya por los votos, ya por las armas—. Respecto del alguien faltante, ese vendría siendo el quid de la cuestión política venezolana.

Hay que advertir que el problema del faltante es difícil de manejar; siempre produce incomodidad y se arriesga demasiado cuando la crisis política requiere que se actúe partiendo de la idea de que el pueblo se comporta como una mujercita a la que hace falta enamorar para ganarse sus favores. Insinuar esta verdad costaría a cualquier actor la condena al ostracismo en los medios de comunicación social: esa gran ventana a través de la cual la mujercita ve pasar a sus enamorados.

El pretendiente que busque sustituir al galán Chávez encontrará una dura empresa al entender que la situación descrita en el párrafo anterior demanda convencer a la gente con una alternativa razonable al primitivo, pero exitoso discurso de la lucha de clases y la glorificación del pobre, un pensamiento que calza muy bien en la realidad venezolana porque a los que gozan de las mieles del poder se hace muy fácil hablar de comunismo, a los pobres que han sido siempre pobres les llena de esperanza que alguien los use como bandera y el resto de la población aguanta esta porfía, a ratos indiferente y a ratos fingiéndose indignada.

[1] Se llamó Caracazo a la serie de disturbios que tuvieron lugar en las ciudades de Caracas y Guarenas durante los días 27 y 28 de febrero de 1989 durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez. Cientos de establecimientos comerciales fueron saqueados. La cantidad oficial de fallecidos se estimó en 276.

jueves 14 de enero de 2010

¿Por qué nadie habla de Referendo Revocatorio?

En su programa dominical del pasado 10 de enero, con ocasión de cumplirse la mitad de su período constitucional como Presidente de la República, Hugo Chávez despliega otro de sus acostumbrados arranques chanceros con el siguiente desafío a la militancia de oposición: “Reto a la oposición a que vayan por el referéndum revocatorio, pues, ¡los reto!” [1].

Con el fracaso a cuestas de la anterior consulta sobre la revocatoria del mandato presidencial en 2004, el movimiento opositor al gobierno de Chávez guarda un silencio más que prudente sobre esta afrenta, por diversos motivos que se comentarán de seguidas.

En primer lugar habrá de apuntarse que 2010 representa para la oposición venezolana una oportunidad de avance político por la esperanza de recibir por los votos algunos escaños en la Asamblea Nacional, cuerpo legislativo conformado hoy casi en su totalidad por diputados maulas, fieles por entero a los caprichos presidenciales [2]. Por esa particularidad resultará evidente que para la dirigencia opositora la opción de abrir una campaña por la revocatoria del presidente reportaría una pérdida de tiempo, dinero y esfuerzo inútil que podría costar su derrota en todos los espacios.

Por otra parte destaca a la habilidad del oficialismo para blindarse legalmente en los procesos electorales. Actualmente el gobierno, fruto de su dominio sobre el Consejo Nacional Electoral, desarrolla cambios en los circuitos de electores para acomodar un escenario favorable a sus candidatos frente a las parlamentarias. Estos ajustes, que convenientemente han sido opacados por el escándalo de otros destrozos a nivel general, forman parte de una serie de triquiñuelas que representan la partida con desventaja para la oposición en la competencia por las diputaciones, algo que le conduce a descartar de plano la sola mención de un proceso refrendario.

Gracias a las condiciones técnico-legales hechas a su medida, Chávez en su campaña por la reelección de 2006 logró la cantidad asombrosa de siete millones de votos [3]. Con esos resultados y las interpretaciones sobre referendo basadas en la letra de la Constitución se cerraría el círculo a su favor, más si se destaca que sólo podría revocarse el mandato del presidente con una masa de votos igual o superior a la obtenida por éste en el proceso por el cual fue electo al cargo. Vendría siendo indiscutible la irrevocabilidad del cargo presidencial una vez que a ello se le suma la circunstancia de que la oposición no ha alcanzado tal cantidad de votos en ningún proceso electoral, ni siquiera en aquellos en los que ha salido victoriosa [4].

Para los líderes de oposición se hace muy duro aceptar esta realidad y por tanto su determinación más razonable es callarla con presteza. Tendrían que partir de explicar que en 2006 el presidente Chávez ganó por los votos e infló las cantidades con trampa para hacerse de un barniz de legitimidad. De modo más difícil tendrían que revelar que, aún conscientes de la realización de este fraude, no tuvieron el interés ni la capacidad para probarlo, lo mismo que no lograron mover un ápice para la anulación de las elecciones parlamentarias de 2005. Finalmente, la dirigencia de oposición tendría que aceptar con sobrada pena que ha estado ocupándose de repartirse las cuotas de poder mucho antes de presentar soluciones efectivas a la crisis política y, mucho peor, antes de conformar una alternativa que motive a la población a votar.


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[1] El referendo o referéndum revocatorio es una forma de participación ciudadana contemplada en el artículo 72 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Cumplida la mitad del período atinente al ejercicio de un cargo o magistratura de elección popular por parte de algún funcionario, surge la posibilidad de que por la solicitud de un porcentaje de electores se dé apertura a un proceso consultivo en el que se decida sobre la continuidad de sus funciones.

[2] En las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional de 2005, todos los movimientos de oposición retiraron sus candidatos de la contienda como medida de protesta frente a los entes rectores del Poder Electoral, para el momento presuntamente obedientes al chavismo. Las elecciones se celebraron con la única participación de las toldas oficialistas y los diputados asumieron sus cargos habiendo sido electos en un proceso con una abstención estimada en el 85%. Hasta el día de hoy, el Consejo Nacional Electoral no ha hecho públicos los resultados de la elección, sin protestas de ninguna de las partes.

[3] La elección al cargo de Presidente de la República de 2006 se llevó a cabo con unos niveles de abstención inferiores al 25% de la totalidad de inscritos en los cuadernos de votación. Una intención de voto de tal magnitud no se registraba en el país desde la elección presidencial de 1988.

[4] En el proceso refrendario sobre la Reforma Constitucional (propuesta por el Presidente y ampliada por la Asamblea Nacional), la oposición logró consolidar un aproximado de cuatro millones y medio de votos.

martes 5 de enero de 2010

No hizo falta el agua

"La mortalidad en Cuba está por debajo incluso de países desarrollados como Estados Unidos. Hacia ese mar es que tenemos que navegar, hacia ese mar de igualdad, de justicia, vamos nosotros. Hacia ese mar es necesario que marchemos los pueblos del continente".

Hugo Chávez, 8 de marzo de 2000.

¿Quién podría dudarlo ahora? En el primer tiempo que se habló de Cuba como un ejemplo a seguir, la incredulidad sonreía entre los venezolanos que contemplaban esta afirmación como una excentricidad más de su caprichoso, pero bienintencionado Presidente. Las ilusiones del mandatario en estreno no daban pie en la realidad porque muchos teóricos escépticos salieron a dar lo suyo al decir que en Venezuela jamás podría pasar lo mismo que en Cuba por infinidad de razones: por su tradición libertaria, por sus cuarenta años de sólida democracia, por la vocación pacifista de sus ciudadanos y cuanta cosa sirviera para calmar los ánimos, a manera que lo hiciere el propio Chávez: “No me tengan miedo; yo no soy el diablo”.

La mayoría de estas opiniones se dieron por la animosidad lúdica de hacer despecho al delirio presidencial, para pasar luego a convertirse en una especie de consuelo imbécil al que recurrieron aquellos acostumbrados a esperar la sucesión espontánea y milagrosa de cambios para dar freno a la naciente crisis política. Lo cierto es que a estos escépticos de cerviz dura no parece pillarles aún el asombro de ver cumplidos cabalmente todos los anuncios de la revolución bolivariana, que pasado el tiempo sigue su curso, —a trompicones ¡pero sigue!—.

Justamente una de las cuestiones de incredulidad, sostenida de inicio y callada hoy, tuvo que ver con el aspecto geográfico: Cuba, por ser una isla rodeada de agua, por todas partes (magíster dixit), pudo ser escenario generoso para la instalación del régimen militarista de Fidel Castro, que por esta virtud podía ofrecer a los disidentes la alternativa de aventurarse a morir en el mar. Por predios venezolanos tal cosa no podría suceder porque sobran fronteras terrestres, que en la mente de los ilusos servirían para dos cosas: para dar entrada a cualquier ejército salvador o para poder escapar si la cosa se pone muy fea.

Pero tras diez años de repetirlo nos damos cuenta que no hizo falta el agua para convertirnos en isleños. Venezuela, una nación cuya libertad fue inspirada en el ideario francés, jurada en suelo romano y llevada con gloria a otros pueblos, que tuvo por virtud la de recibir con brazos abiertos a los inmigrantes de la guerra y que se enorgullecía de educar a sus hijos en el exterior, levanta hoy la muralla típica de las dictaduras de izquierda, que en personificación del país se enemista con sus vecinos y se alía con forajidos distantes. Como por cosa de ironía, el gobierno chavista tiene por cúspide de la instrucción lo que pudiera enseñarnos la revolución cubana y prefiere dejar de lado a los países que cuentan con suficiente dignidad como para negarse a aplaudir sus tropelías.

Como no bastó con promover a Cuba y sus tiranos para convertirnos en colonos del Castrismo, Hugo Chávez decidió cerrar un poco más las puertas de entrada y salida con el tema de las restricciones cambiarias. Una medida que además de satisfacer la pretensión oficial de disfrazar la crisis económica, ahoga los sueños de estudiar cómodamente en algún país desarrollado gracias la prohibición de adquirir moneda extranjera fuera del complejo sistema burocrático impuesto por vía legal, que obliga a mendigar un número muy limitado de divisas de valor irreal y que por orgullo bien provoca mandárselas a guardar al propio Presidente (sí, él sabe dónde las puede guardar: en el bolsillo de atrás).

Queda visto que el agua no tuvo que rodearnos para que nos viésemos aislados; con barreras legales y económicas, amenazas guerreristas elevadas contra países amigos, alianzas con bandidos e intervencionismo descarado el cometido fue bien logrado. Y aunque la situación amenaza con empeorar, yo por mi parte aún no armo la balsa ¿Y usted?

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