jueves 22 de octubre de 2009

¿Qué Comunismo es ese?




El día de hoy he encontrado un corto de vídeo en el que se ve al Presidente de la República, Hugo Chávez, disertar preocupado sobre la situación medioambiental y energética, mientras habla con desvergüenza sobre el tiempo exacto que nos debiera tomar a todos para asearnos en la ducha. La situación llama a risa si se atiende que sus declaraciones retumban en las paredes de un salón lujoso y mientras va ataviado de un ropaje cuyo precio no alcanzaría honrarse con el salario mínimo del trabajador venezolano.

Con el descaro y la excentricidad a la que nos tiene bien acostumbrados, en esta oportunidad el Presidente demanda del pueblo un sacrificio razonable para hacer frente a la escasez de agua potable y la crisis de energía eléctrica en el país, criticando duramente a esos que se bañan en tinas y jacuzzis durante horas cuando en su opinión, el tiempo ideal para hacerlo “no debe ser mayor a tres minutos”. Para cerrar su comentario y acentuar su reprobación, el mandatario pregunta a manera de reprimenda “¿Qué Comunismo es ese?”, cual si asumiese por verdad irrefutable que el compromiso de los venezolanos está en abrazar tal doctrina.

La hilaridad del asunto —que ya viene natural en la mayoría de las declaraciones de Chávez—, aumenta si se contrasta con el modo de vida de estos revolucionarios que dicen entender las necesidades del pueblo y desdeñan olímpicamente del imperialismo norteamericano, pero adoran sentirse en la comodidad que sólo puede darles la abundancia de dinero fácil proveniente de corruptelas y adulaciones serviles. De justo también cabe recordar que en el reparto de cantidades abusivas de dinero público participa la propia familia presidencial, cuyos beneficiarios se extienden a varias generaciones de chulos y mantenidos que con el tufo del neorriquismo ostentan las gracias que da el poder.

“¿Qué Comunismo es ese?”, se convertirá en la pregunta que ahora en adelante nos haremos todos al presenciar el dispendio con el que se pasea el líder bolivariano y sus acólitos; será sin duda la referencia obligada de humoristas, comunicadores y gente común para el momento en que sea necesario hablar de Chávez y lo que malamente busca representar. No faltará tampoco quien pregunte a estos señores, directa y destempladamente, por esa curiosa forma de Comunismo que permite que unos pocos se enriquezcan vilmente mientras la mayoría padece en la miseria… A mí se me hace extrañamente igual al Comunismo que fue culpable en el pasado de las muertes por hambre de millones de personas en China y la Unión Soviética.

Pero al margen de estas apreciaciones, que evidencian la inconsecuencia de la Revolución y sus personajes, inquieta más que haya aparecido el término “Comunismo” entre lo dicho por el Presidente, un vocablo que ha salido finalmente de sus labios luego de diez años de huida ideológica en los que prefirió disfrazarse de cualquier otra cosa para no hacerse prematuramente impopular*. La circunstancia —nada casual—, de que al líder le brote ahora su convicción comunista, luciendo como una inocentada surgida entre comentarios pseudohumorísticos, nos debe sonar como la próxima justificación a todos los desmanes, persecuciones, violaciones y calamidades que se avecinan en el país.

Aunque la confesión de Comunismo fuese cosa muy esperada por los detractores del gobierno, mortifica la posibilidad de que se deje pasar por alto en la búsqueda de fines más prosaicos e inmediatos como los que ofrece el escenario electoral de 2010, en el que Chávez tiene amplia ventaja y cuyo desenlace viene siendo poco relevante si se le compara con la amenaza que representa esta sinceración ideológica, que llevada a extremos podría alterar e incluso desaparecer procesos electorales enteros, desconocer instituciones y vulnerar libertades.

*Hugo Chávez acostumbra llamar a su dogma político como el Socialismo Bolivariano o el Socialismo del Siglo XXI, un movimiento sin base ideológica del que nadie sabe lo que es, ni dónde está.

lunes 12 de octubre de 2009

Une y vencerás

En una interesante conferencia en el año de 2005, tuve oportunidad de escuchar del conocido Director de DATANÁLISIS, Luis Vicente León, cierta tesis incómoda y poco repetida que en mi opinión logró revelar con sumo acierto buena parte de lo que se esconde tras el éxito del fenómeno Chávez en Venezuela. El análisis de León sugería la superación por parte del chavismo de muchas leyes estadísticas, políticas y sociológicas a las que la instrucción tradicional y la Historia nos han tenido acostumbrados.

En el presente y con ocasión de la aparición del movimiento que algunos señalan como “el fetiche de la unidad opositora”, logré recordar lo comentado por el experto estadístico acerca de cómo Chávez con su particular estrategia habría logrado echar por tierra el axioma maquiavélico de “Divide y vencerás” [1]. Invirtiendo la fórmula, el líder venezolano unió a sus contrincantes y les venció por esta circunstancia en muchos escenarios electorales —al menos, en los que no fueron trampeados—.

Con naturalidad debe pensarse en que la sola virtud de la unidad de sus adversarios políticos no hubiese bastado para favorecer a Chávez y, antes por el contrario, bajo la convicción tradicional actual, le resultaría altamente perjudicial. Parte de su alta popularidad, inicialmente abrumadora y hoy precariamente sostenida en números discutibles, se debió primero a la distinción que hiciera de la vieja política, conocida como “los cuarenta años de democracia puntofijista” [2], frente a una nueva y revolucionaria política que dio en llamar “La Quinta República”. Así ha hecho desde su campaña por la presidencia en 1998, hasta llegar a las variantes modernas de inspiración castrista que vinculan a la oposición con el Imperio Norteamericano.

Curiosamente —y por fortuna— la intención de Chávez de venderse como el personaje central de su Nuevo Testamento Político, hubo de excederle. Todos contestes con el líder naciente, los venezolanos hubimos de despreciar las malas prácticas de antaño, que dejaron un legado de corrupción y mendicidad económica, para concentrarnos en las promesas de la nueva dirigencia, tanto del chavismo como de los partidos que ofrecieron una alternativa válida a su proyecto. Primero Justicia, Proyecto Venezuela, Un Nuevo Tiempo y un largo etcétera, tuvieron su importante cuota de beneficios con la creación de esta nueva etapa de la historia política venezolana, cuyo inicio puede asumirse desde finales de los noventa. Ayudados por sus rostros frescos y por sus iniciales logros en promocionar la misma separación de los vicios de La Cuarta que prometiese Chávez para sí y su proyecto, los noveles políticos tuvieron la oportunidad de posicionarse a la cabeza de la parte de la población descontenta con la idea de tener a un militar golpista en poder, o lo que fuese el más claro anuncio del autoritarismo que sufriría el país en los años que siguieron.

Pero el chavismo, quizá consciente de las implicaciones de su estrategia, a ratos contraproducente, buscó la unificación de los nuevos adversarios con los veteranos, —pero viciosos— representantes de la política tradicional, pero no en la torpeza de querer acomodarse gratuitamente una fuerza opositora compacta, sino en la búsqueda de estigmatizarle como la repetición moderna de las viejas prácticas deleznables a las que nadie ha querido nunca regresar [3]. Chávez logró en corto tiempo su cometido de “envejecer” a la nueva dirigencia frente a la opinión pública, por trabajar en ello desde sus inicios en la política convencional; mientras su popularidad aún se mantenía a fuerza de la vana esperanza, hizo que los iniciados se ahogaran en los apetitos personales rápidamente contagiados y las luchas internas convenientemente publicitadas, lo que trajo en consecuencia que mucha gente perdiera motivaciones honestas para participar en los movimientos oposición, resignándose a apoyarles por la simple circunstancia de tener por punto común el disentir del mismo régimen tiránico y oprobioso.

De este duro golpe, aunado a la serie de fracasos y desconcertantes concesiones al régimen, la dirigencia de oposición aún busca recuperarse para mejorar el favor de la intención del voto frente a las elecciones parlamentarias de 2010. Tristemente al chavismo ya muy poca falta le hace continuar desprestigiando a sus oponentes porque cuenta con el poder económico suficiente para comprar conciencias y armar fraudes electorales, algo que la unidad por sí sola y por mera diplomacia no podrá enfrentar tan fácilmente.

  1. Divide et Vinces. La frase original pertenece a Julio César, quien la pronunció en algún momento durante la conquista de la Galia. En 1513, Nicolás Maquiavelo empleó la frase dentro de la descripción de su particular filosofía política en la obra “El Príncipe”.
  2. Vide Pacto de Punto Fijo.
  3. "¡No volverán!”, constituye una de las consignas más famosas del chavismo.

sábado 26 de septiembre de 2009

Resentimientos que perduran

En recientes reflexiones hube de analizar el tema de los valores en los que descansa el ideario del ciudadano común, que determina su modo de ver la vida política en Venezuela. Entre las opiniones dadas se expresó, aquí y allá, cómo las principales ideas que alimentan la tradición de crisis y descontento en el país, concentran su base en la visión de un flagelo único, una clase privilegiada —compuesta por una especie de maleantes superiores—, que con maña histórica se ha dado a la tarea de apropiarse de la riqueza que en justicia pertenece al pueblo.

Tal y como se comentara, la insistencia de la dirigencia política en la promoción de esta visión, vertida en entidades abstractas que confunden fácilmente, permite que la ignorancia sostenga la voluntad de una parte importante de la población, que se autodestruye mientras distrae sus anhelos en la aparición de un líder mesiánico que barra con el latrocinio de los estamentos elevados. Con punto de partida en esta realidad, muchos factores de poder aprovechan de venderse al público como pilares de honestidad y justicia o, lo que es terriblemente peor, promocionar liderazgos populares y bienintencionados, que por final procuran hacerse del posicionamiento social, político y económico que favorezca a intenciones nada santas.

La parte de este juego de intrigas en la que intervienen los medios y algunas otras entidades de moralidad aviesa, ha sido debidamente tratada en otros artículos. La preocupación de hoy surge al contemplar el inicio de un nuevo círculo vicioso en la ficción que intenta señalar por responsables de las miserias del pueblo a cuerpos privilegiados sin nombre. Si bien para el chavecismo la fórmula funcionó estupendamente para su arribo al poder —ayudada por el antecedente golpista y populachero de sus líderes—; la misma termina perjudicándole ahora que el movimiento es reflejo fiel y exacto del acaparamiento desleal del poder, abriendo una nueva era de odio que podría signar los destinos de la República en las próximas décadas.

Lo anterior tiene su evidencia en la contemplación diaria de la costumbre (cada vez más natural) de identificar como chavistas [1] a esos personajes que se pasean sin disimulo en autos de último modelo y adquieren grandes bienes de fortuna de la noche a la mañana. Con la misma inflexión despreciativa con la que la inicial mayoría revolucionaria hablaba de oligarcas y burgueses, los defraudados y excluidos de hoy comentan la empalagosa ostentación de unos socialistas muy malamente autocalificados.

Aunque de principio advirtiese con sorna la trascendida inquina contra conocidos “boligarcas” [2], debo reconocer que el asunto no debería llamar a risa. El propiciar y sostener el odio entre venezolanos por cuestiones de fantasía está entre las cosas más deleznables que pueden adjudicársele a la política de Chávez. Pero la culpa no reside en él de forma exclusiva, porque justo cabe afirmar que su estrategia política sólo fue la mayor expresión de un hábito generalizado dentro de la dinámica democrática de fines del siglo XX en Venezuela y América Latina. Esta posición obviamente no pretende justificar, ni remotamente, la escandalosa descomposición de los funcionarios del chavecismo en diez años de gobierno; se orienta más a destacar la inconveniencia que da poner el sentimiento por encima de la razón en determinadas situaciones. Apuntado de este modo en innumerables oportunidades, para el caso de la corrupción no basta tanto el repudio de la sociedad como la existencia de instituciones serias que configuren un sistema de justicia eficaz [3], que consecuentemente vaya poniendo fin a una larga serie de resentimientos y deseos de venganza que posicionan a Venezuela a varios pasos detrás del progreso histórico.

1. Desde inicio del fenómeno sociopolítico en Venezuela, por un error morfológico se emplea el despectivo “Chavista” en sustitución de término correcto “Chavecista”.

2. Boligarca es el calificativo que se utiliza para hacer referencia a cada miembro de la llamada “Nueva Oligarquía Bolivariana”.

3. Puede que en Venezuela sea demasiado tarde para el retorno de instituciones serias que regulen y sancionen las actividades del Estado y sus representantes.

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